Uno y el refinamiento

¿Cuál es el motivo de su viaje, señor? –le pregunta a Uno el pequeño subordinado.

–Oh, disculpe. No sabía que era necesario un motivo.

–Así es. Es indispensable –frunce el ceño el pequeño subordinado.

–Pero…, he traído todos los documentos que me pidieron, fíjese. Y los he rellenado con mi mejor caligrafía. Aquí tengo el S-97, el Z-45, fotografías, pasaporte, certificado médico, certificado policial, expediente académico, expediente laboral, currículum, los recibos del banco. Todo ordenado y clasificado… Lo siento, me temo que no tengo ningún motivo.

El pequeño subordinado mira a Uno con desconfianza. Le señala una puerta metálica.

–Pase por ahí. Pulse el botón A para coger un número y siéntese a pensar su motivo. Debe tenerlo cuando le llamen. No trate de engañarnos.

Uno aparece en una sala sin ventanas, llena de individuos con papeles en la mano, esperando su turno con avidez. Son La Generación Más Preparada De La Historia a la luz de los fluorescentes. Son rubios y rubias, tienen aire en los ojos, tienen músculos bajo las camisas, tienen propósitos en el corazón y despropósitos en las sonrisas. El pueblo soberano. Uno se imagina que son aviadores descansando unos minutos antes de despegar y se imagina que todos tienen motivos apropiados. Los envidia.

En el marcador digital sobre la ventanilla se suceden los números. Cada vez que suena el pitido los individuos tiemblan. Uno ve a una chica levantarse, la carpeta en el pecho como recién salida de la escuela, el culo enorme bamboleándose al ritmo de su diligencia, el sudor corriéndole por las sienes. Parece ronronear al entregar sus documentos al empleado. Un chico protesta:

–¡Me han saltado! –grita, pero no se atreve a gritar nada más y escruta, inquieto, la oficina vacía detrás del cristal, las razones de su retraso, las malditas cabezas borrosas que van a mandar al garete sus esperanzas, qué he hecho mal, señor, qué me han juzgado. Nadie le responde.

Le llega el turno a Uno. Se acerca a la ventanilla, le entrega al empleado los papeles de su carpeta, recibe sus órdenes. Su precisión es reconfortante: rellene este formulario y cruce la siguiente puerta. Uno mira el papel. ¿Cuál es el motivo de su viaje? Uno se queda pensando. Libertad, escribe, y camina hacia la salida entre miradas crueles.

Tras la puerta hay un detector de metales y una cola de personas. Uno sigue el procedimiento imitando a sus predecesores y empieza a vaciar sus bolsillos. Le proporciona sus datos a una funcionaria, deja el formulario en el casillero correspondiente, se quita los zapatos, se quita el cinturón, deposita el teléfono móvil en una bandeja, plasma sus huellas de identidad en una pantalla radioactiva, se deshace de todo lo superfluo y camina junto al resto de individuos hacia la libertad. Se acuerda de los místicos y del despojamiento, me entrego a ti, señor, vuélveme puro, tómalo todo, hazme digno de recibirte. Uno mira con inquietud la siguiente puerta. Se pregunta si estará allí la libertad. Empieza a dudarlo. Busca cámaras de seguridad a su alrededor.

Llega a una nueva sala llena de individuos esperando delante de la ventanilla. Uno se sienta en un banco junto a un chico joven, fuerte, que le sonríe como si le acabaran de quitar una correa. Echa de menos sus papeles. Se siente vacío y controlado.

–¿Cuál es el motivo de tu viaje? –le pregunta a Uno su vecino con el mismo tono de pequeño subordinado– ¡Yo voy a dar la vuelta al mundo!

–¡A mí me echan! –grita otro, orgulloso.

–¡Yo estoy huyendo! –se suceden los ecos. –¡Esta es mi oportunidad para escapar de aquí!

Uno sigue sin tener ni idea. Piensa que, en algún momento, Uno escogió una libertad basada en la contemplación, la única libertad compatible con la religión de sus mayores:

hazlo bien, hazlo bien, hazlotodobien: serás recompensado,

pero que no sabía que esa libertad implicaba pasar detectores de metales ni rellenar formularios. Piensa que él no quería hacer las cosas bien ni mal, sino no hacerlas demasiado y caminar más o menos erguido con la convicción de que, bueno, en el fondo, todo resultaba pacífico, manso, apto para la contemplación. Piensa ahora que la libertad no se asume; la libertad se crea. Se revienta en los resquicios.

Uno observa a los individuos temblorosos. Parecen aéreos, leves, cada vez más inestables, cada vez más deseosos de que el señor de los formularios les dé el visto bueno. El control se ha vuelto refinado, piensa. Tan refinado que nos encanta. Cumplir órdenes. Sacar buenas notas, rellenar impresos por internet, apuntarnos a listas, a grupos, repetir a todo el que se avenga a oírlo que somos la Generación más preparada de la historia, suplicar oportunidades para probarlo. La Generación más refinada de la historia. El control se ha vuelto tan refinado que lo único que debes hacer para someterte a él es contemplarlo. Cruce esa puerta, dicen, y Uno obedece porque es un experto en cruzar puertas. Espere aquí tres horas. ¡Oh!, Uno sabe esperar, sí señor, lo ha aprendido en la universidad. Ponte de rodillas. ¡Oh! Uno sabe ponerse de rodillas, ha hecho un máster y prácticas para aprender a ponerse de rodillas. Dime quién eres. ¡Oh! Uno puede decirle quién es en tres idiomas diferentes, señor, sin ningún problema.

–¿No te parece fantástica esta libertad? –le pregunta a Uno una chica preciosa en la que parece florecer el entusiasmo–. La ves, ¿no? ¿Tú no serás de esos que creen que nos están robando el futuro? ¿Tú no serás de los débiles, de los compasivos? ¡Fíjate!, ¡nos lo están poniendo en bandeja!

–¿Quién? –le pregunta Uno– ¿Quienes?

–Ellos –responde–. Los Señores de los formularios.

Uno mira a su alrededor. Aquí estamos, piensa. La Generación más preparada de la historia, la más solícita, la Generación más ligera impulsada en su camino de ascesis por el deseo de comunión en lo absoluto, en las mismas entrañas del Señor de los formularios. Cada despojamiento nos vuelve más endebles, piensa Uno. Decimos solo les damos lo superficial, un nombre, unas cuantas palabras, dinero, pero lo que somos, oh, lo que somos lo guardamos como un tesoro. Eso dice la Generación más preparada de la historia y el Señor de los formularios se ríe en su cara. Uno teme que, al final, no somos más que lo superficial. O, peor, que en el fondo somos fieles al Señor de los formularios, Señor, no dejes que me pierda por el camino, dame fuerzas para continuar a tu lado, haz que no se salten mi número; no, Señor, no me abandones.

El marcador señala el turno de Uno. Se dirige lo más lentamente que puede hasta la última ventanilla, donde proporciona más nombres, más direcciones, más papeles. Uno intenta tomarse su tiempo. El empleado asiente mecánicamente. Al empleado le da igual el tiempo que emplee Uno. Antes de que sea tarde, Uno le dice que querría cambiar el motivo de su viaje.

–De acuerdo. Aquí tengo su formulario. ¿Qué quiere poner?

–No lo sé. ¿Qué me ofrece?

–Veamos. Tenemos “buscar”, “descubrir”, “asombrarse”, “jugar”. Tenemos “libertad”, también, no ha sido usted tan original. Tenemos “llorar”, “sentir”, “vivir”.

–¿Vivir? –pregunta Uno.

–Sí, vivir. A veces pasa.

–Ya. Pues sí, vivir. Ponga esa misma.

Uno se despide y se dirige a la salida. La sala se ha llenado de conversaciones chirriantes. Aquí estamos, piensa Uno, la Generación más preparada de la historia: los más preparados para coger número y ponernos delante de la ventanilla, para hacer todo lo que nos pidan, para que nos feliciten. Aquí estamos, deseosos de rellenar sus formularios.

Al cruzar la puerta y salir a la calle una pareja de soldados con armas automáticas le indica el camino.

–¡Ah, coño! –exclama Uno– ¡Estabais aquí! Qué cabrones. Os he buscado por todas partes. Qué bien os habíais escondido.

–¿Escondido? –le preguntan, extrañados– No, señor. No es problema nuestro si nadie quiere vernos.

Uno sonríe y piensa que no, claro, que para eso no estamos preparados.