Uno y la ballena

por Uno

¿Me permite? –le preguntan a Uno. Uno se levanta las gafas oscuras, recoge la cartera del asiento contiguo y reemprende su lectura, Yourcenar, El denario del sueño, mientras el autobús arranca:

Hablas de la guerra del 14 -prosigue el viejo reanudando la marcha-. Por aquella época yo ya no tenía la edad requerida… Fue a mi hermano a quien mataron en Craonne. Pero han mentido tanto sobre todo esto que ni siquiera los que regresaron saben ya… Y no sólo la guerra: la vida…

Un viejo con traje gris y corbata morada, con manos marcadas y pelo sostenido, se sienta al lado de Uno. Le parece un hombre sincero, de los que nunca han creído en nada que estuviera más allá de sus trofeos, de su Dios, de su bigote.

–Estaba muy cansado– le dice a Uno–. Tengo la cara joven pero los pies no. Vengo de caminar, ¿sabes? Me levanté temprano y he pasado la mañana caminando alrededor del lago. ¡Cinco vueltas! Siento que las plantas de mis pies me han abandonado. Me dije que ya estaba bien de caminar.

El viejo le enumera todos los rincones por los que ha pasado esa mañana. Le habla de parques vacíos, de la sombra de los árboles, de las ganas que tiene de comerse unos buenos huevos fritos. Uno trata de leer, en vano, y se enfurece. Este es Uno de esos días en los que Uno apenas puede contener las náuseas y le duele tanto la cabeza que piensa que la verdadera naturaleza del hombre es la resaca, que la vida es una continua resaca, que ese dolor de cabeza es sinónimo de lucidez, y le duele tanto la cabeza que piensa que la vida es inacabable.

Uno recuerda la fiesta de la noche anterior en la orilla del lago. Tenía una caña de pescar en la mano, una caña de pescar diminuta. Recuerda que el tamaño le angustiaba, que le hubiera gustado tener una más grande. Un montón de hombres y de mujeres se arremolinaban junto al agua. Sostenían también cañas diminutas y lanzaban el sedal una y otra vez, y lo recogían vacío, y se daban codazos para ocupar el mejor sitio, y se caían, se tropezaban y se gritaban unos a otros, ¡voy a pescar el pez más grande!, ¡seré el pescador más famoso de todo el pueblo!, ¡voy a pescar el rey de los peces!, ¡la ballena blanca!, decían, riéndose, y sus miradas se deslizaban sobre el agua, como si la estuvieran viendo acercarse, la ballena invisible. Uno admiraba su valor, su enfrentamiento, su furia al lanzar el hilo minúsculo que les separaba del monstruo, esa decisión de la que él sentía carecer. Uno recuerda haber visto, desde la barra del bar, donde una camarera le sonreía con dulzura y le servía cervezas y parecía interesarse sinceramente por él, a unos pescadores dejar sus cañas en el suelo. Aquellos hombres empezaron a cuchichear en un merendero apartado y volvieron poco después cargados de pegatinas y de abalorios para las cañas de pescar. Empezaron a coquetear y a hacer gestos obscenos a los pescadores mientras les vendían sus adornos de colores. Los hombres agarraban el culo de las mujeres. Las pescadoras mordían las mejillas de los vendedores. Era un espectáculo precioso, recuerda Uno, las cañas vestidas de colores reflejadas en el lago rebosante, los gritos desbordados, el deseo de embellecer las cañas de pescar y el deseo de embellecerse en otros brazos y en otros mordiscos. Poco después, un segundo grupo de pescadores se apartó de la orilla mientras sus cañas se alejaban hacia el centro del lago y se hundían en la oscuridad. Eran expertos en gestión de sistemas, dijeron, recuerda Uno, y empezaron a organizar a los hombres y mujeres que ansiaban su ballena. Esto es un maldito caos, dijeron. Agruparon a los pescadores por secciones mientras Uno seguía en la barra con su dulce camarera y la dulzura del alcohol. Veía los pescadores de cañas azules a un lado y los pescadores de cañas rojas a otro y los pescadores de cañas amarillas en medio. Veía estandartes ondeando frente a las ondas del lago oscuro. Habían dejado de reírse y se fijaban más en los hilos que lanzaban los equipos contrarios que en el pez invisible que se les acercaría pronto, que ya tenía que estar ahí. Otros pescadores dejaron su caña en la orilla y se aliaron con los expertos en gestión de sistemas para organizar a los vendedores de adornos. Se llamaban a sí mismos tasadores. Las banderas valen uno, les dijeron. Los abalorios valen dos. Las hilos dorados valen diez. Las cañas nuevas, de marca, valen cien. Esas eran las más bonitas, pensaba Uno, mientras los vendedores ofrecían su mercancía satisfechos de poseer ciertas seguridades. Aquellas cañas eran igualmente minúsculas y ridículas pero su reflejo en el lago resultaba realmente hermoso, pensaba, fascinado. Como si de verdad fueran más valiosas, pensaba Uno, o quizá era solo que ya se encontraba borracho. En cualquier caso, miró a la camarera a los ojos y le hizo saber la emoción que despertaban en él los pescadores con su empeño y su ballena, una emoción más pura que los vendedores de banderolas o los expertos en sistemas de gestión o los tasadores. Esos son feos, le dijo. Ella le dirigió una sonrisa encantadora y sorprendida, una sonrisa tan promisora de paz que Uno se perdió el instante en que cierto pescador decidió que deseaba la caña de marca de su compañero y decidió convertir la suya en un arma y le golpeó en la cabeza. Uno vio la sangre gotear en la arena y vio la sangre y la arena pisoteadas por los pescadores enfurecidos y vio una multitud de cañas hermosas romperse contra las cabezas hermosas de los pescadores. Vio los anzuelos enganchados en las bocas de los hombres, rompiendo sus labios, sus ropas, sus manos, y vio la ballena invisible hundirse en el fondo del lago. Su camarera saltó la barra y huyó entre los árboles y Uno trató de seguirla, arrojando al suelo la caña que aún tenía en la mano, bamboleándose por el camino que llevaba a la carretera. Oyó el rugido de un motor. En algún momento debió quedarse dormido, aunque esto no lo recuerda, porque lo siguiente que recuerda es haberse subido al autobús que lo llevaba de vuelta a la ciudad.

–Hacía mucho que no venía por aquí –le dice el viejo, llevándose la mano a la cicatriz que tiene en el labio–. No ha cambiado demasiado. Yo fui un gran pescador en mis tiempos, conocido en toda el país, pero ahora… Pesqué la mayor ballena que existía entonces, lo hice de veras. Probablemente has oído hablar de mí.

–No lo creo –responde Uno.

El viejo lo mira con desprecio. Uno piensa que no solo la vida es una resaca enorme, que también la muerte lo es, una resaca de la resaca, una lucidez sobre la lucidez, sobre la nada. El viejo se mira las manos magulladas.

–En fin, todo puede ser. Supongo que al final no importan demasiado los peces, por muy grandes que sean.

–Supongo que no –concluye Uno, y vuelve a su libro.

Y la bella que empieza a envejecer, que adelgaza, que se vuelve exigente (la señora bien, ya me entiendes) y con quien uno tiene tantas ganas de hacer el amor como con una catequista… Sí, también la pinté con ese aspecto, con un vestido gris. Y luego muerta… Qué cambio… Y uno se acostumbra… O se acostumbra a no acostumbrarse.

Uno mira por la ventana. El sol se refleja en las ventanas de los edificios. Consulta la hora.

–¿Trabajas por aquí? –le pregunta el viejo.

–Hoy no trabajo. Hoy tengo que devolver unos libros a la biblioteca y estudiar un poco.

–Eso está muy bien, hijo –le dice, levantándose con dificultad para dejar salir a Uno.

Uno recoge su cartera y aprieta el botón rojo, esperando frente a la puerta.

–Ve, hijo –le dice el viejo–. Estudia mucho. Tienes pureza en los ojos. Eso es bueno. Yo también tenía esa mirada, y era capaz de someter el asco en el estómago, como tú. Ve. ¡Fórmate, alimenta tu espíritu! ¡Tu intelecto, hijo!

El autobús se detiene y se abren las puertas.

–¡Huye, hijo! ¡No dejes que te atrapen, hijo! ¡No les concedas nada!

Uno se apea del vehículo. Observa al viejo gesticulando orgulloso en el interior, abriendo la boca desmesuradamente, lamiendo, saboreando su cicatriz ante el asombro del resto de pasajeros, pero ya no puede oír nada de lo que está gritando. Uno se queda solo y siente un lago entero revolviéndose en su interior, una náusea incontenible, y siente una fascinación casi superior a su resaca.

Anuncios