Uno y las palomas

por Uno

Por la tarde, Uno camina tranquilo, beatífico al lado de Ella, que viene con particular mala leche, como si acabara de hablar con un padre en paro o con una madre histérica. Ella habla en un idioma distinto al de Uno y suele llevarle la contraria. Uno le dice que le gusta mucho tocar el piano, que es uno de sus grandes placeres en la vida, uno de los placeres básicos, y que Ella se puede imaginar cuál es el otro. Ella empieza a gritarle. Ella le dice a Uno que mientras Uno escupe gilipolleces y frivolidades mueren en el mundo dos niños por minuto. Que mientras toca el piano se desploma una fábrica en Bangladesh. Que toda la maldita historia de la música se basa en un montón de pijos cuyos padres poseían fábricas de carbón y se arrodillaban ante el emperador de Austria. Que mientras Uno se acuesta con Ella el sida masacra África. A Ella no le gusta la palabra follar.

–Pero tú no tienes sida, ¿verdad?– le pregunta Uno.

Ella sigue gritando. Le dice que siga el camino del dinero: ¡Sigue el camino del dinero!, vocifera. ¡El dinero tiene su propio ritmo, su propio tono, su afinación! Y todo lo que tú escuchas, le dice a Uno, toda tu música, tu poesía, los privilegios con los que te llamas inteligente son solo instrumentos en manos del dinero, peor aún que unas zapatillas de marca o que el coltán de los teléfonos o que las cervezas con que tratas de olvidar el coltán de los teléfonos. Eres el peor de todos, le dice a Uno.

–Bueno, pero tú no tienes sida, ¿no?– dice Uno, y se ríe.

Ella le dice que seguir el camino mental del dinero es la única dirección en la que se puede cambiar algo. No el mundo, no el país, dice, pero incluso las pequeñas batallas tienen que seguir el camino del dinero. Coges tus discos y su anestesia, coges tus libros y sus gilipolleces existenciales, y los abres, los desarmas, y te los llevas a pasear por toda la crueldad del mercado cultural que sustenta el capitalismo, y te reconoces un consumidor más que sustenta el capitalismo, y tratas de entender todas las víctimas que estás sosteniendo y llegas hasta las minas, hasta el puto pozo de miseria que nos mantiene aquí. A Ella la mina le parece una buena metáfora. Uno silba una canción mientras tanto, y piensa en aquello de Bernhard, que si siempre tenemos música en la cabeza, que si cuando nos morimos la música sigue ahí, retumbándonos en el cráneo, atrayendo a los gusanos, que si no hay manera de librarse de ella, de la música.

Unas cuantas palomas se cruzan en el camino de Uno. Le molestan, le obligan a centrar su atención en ellas. Uno odia a las palomas. Piensa que lo estropean todo. Ella, en cambio, habla un idioma en el que hay dos palabras distintas para referirse a las palomas, una para las que son blancas y otra para las que son grises; una para las que son bonitas y otra para las que son feas. A Ella le gustan las palomas blancas porque son animales diferentes a las grises. En el idioma de Uno solo existe un término. Bichos asquerosos. Uno le cuenta a Ella que la última vez que le cagó una paloma se encontraba en una pequeña ciudad de los Balcanes. Preciosa, la ciudad, por lo demás.

–¿Te has dado cuenta? –le pregunta Ella– Cada vez que hablas de una ciudad dices que es preciosa. Lo único que haces es describir postales. Como todos los demás, cuando regresan de sus viajes absurdos creyendo que han descubierto algo. Te refugias en la belleza para no pensar en profundidad. ¿Pero qué mierda de análisis es decir que una ciudad es preciosa, un museo arquitectónico, la solemnidad del Danubio, qué mierda de análisis es decir que te fascinan los muros destruidos por las bombas? ¿Qué profundidad hay en eso? Solo son relatos, oh, relatos empañados por el aleteo de las palomas. ¿Me puedes decir en qué sentido te puedes extasiar con la huella de las bombas más que con las palomas, con la huella de las bombas más que con las bombas en sí? A veces pareces idiota.

Uno piensa que su atracción por los retos le ha llevado a encontrarse con la Ella menos compasiva del mundo. Uno supone que le gusta su dureza y que si le dijera lo que piensa de Ella se enfadaría aún más. Otro relato, el reto. Y, en fin, Uno está de acuerdo en que a veces parece idiota.

Por la noche, Uno folla con Ella. Follan de forma torpe y de forma alada, como las palomas, como las grises y las blancas, como cualquier bicho asqueroso, sin ninguna compasión.

Por la mañana, Uno desayuna con Ella en la terraza que hay debajo de su casa. Está llena de palomas que picotean migajas de pan demasiado cerca de Uno. Ella le dice que siente haberle gritado ayer mientras Uno trata de espantarlas. Le dice que esa noche ha soñado con Uno: yo estaba dormida y tú tocabas el piano en la habitación, le dice. Ha sido un buen sueño, le dice. Tocabas una canción de Sixto Rodríguez. Me preguntabas cuánto de mí era repetición.

Uno se siente halagado y frívolo. Piensa que todas las palomas blancas se parecen. Igual que todas las palomas grises.

–Me pregunto ahora quién se quedó el dinero de Sixto Rodríguez –le dice Uno–. Sería importante saber eso, ¿no crees? Cuando se hizo famoso en Sudáfrica, cuando siguió trabajando de albañil y nadie le dijo que se había convertido en el Bob Dylan del apartheid. ¿Dónde está todo ese dinero? Y todo el rollo del documental. ¿No es solo dinero? ¿Quién organiza sus giras? ¿Qué discográfica se lo lleva ahora por el mundo? ¿Qué hoteles le pagan? ¿Por qué? ¡Y él! ¿Cómo se puede seguir siendo honrado cuando te han utilizado para crear toda esa emoción, cuando de repente has pegado un salto enorme en el camino del dinero, cuando eres un instrumento en manos de una industria dedicada a crear el entretenimiento que nos hace olvidar la existencia de industrias dedicadas a crear entretenimiento? –Uno se detiene– ¿Voy bien por ahí? ¿Llegaré hasta la mina?

–No tengo ni idea.

–¿Hasta las bombas? ¿Hasta las víctimas?

Uno saca unas monedas y ya solo puede pensar en que el dinero que le va a costar el desayuno procede de sus servicios en un trabajo precario, miserable y que, sin embargo, sirve para hacer funcionar todo el camino del dinero y ve pasar coches oscuros, grandes y rotundos como águilas, y ve pasar mendigos lentos, sometidos, tempranos como gorriones o como águilas muertas, y ve pasar la compasión por la cara de Ella, y la ve esfumarse de su cara como un aleteo. Observa las palomas idiotas que dan vueltas alrededor de sí mismas. Una paloma gris trata de robarle el bocado del pico a una paloma blanca. Lo consigue y se marcha orgullosa con su migaja. Todo es repetición, se dice Uno. Ritmo, se dice.

–En realidad sí son bichos asquerosos –Ella.

–Feos como el demonio –Uno–. Y no analizaré nada más.

Ella sonríe. Pide dos cervezas. Nos las tomamos, subimos y repetimos, dice.

–Sin compasión –responde Uno.

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