Uno y la miseria

por Uno

A Uno le gustan los viajes. Particularmente los viajes largos. Particularmente los largos viajes incómodos. Particularmente las travesías de cinco o seis horas en un autobús, atrapado entre la ventanilla, el asiento que le tortura las rodillas y la chica hermosa a su lado con los cascos conectados a algún tipo de música apocalíptica y sensual que teclea con vertiginosa virtuosidad en su teléfono de última generación. A Uno le fascina comprobar cuánto ha avanzado la humanidad cuando el estudiante que se encuentra detrás de él y le propina patadas con sus músculos de escalador le impide concentrarse en su lectura totalmente irrelevante al hablarle a otra chica hermosa de sus últimas conquistas. A veces es como follarte a una almohada, le dice. A un tronco. La chica se queda quieta en la cama y tú ya estás harto de moverte y quieres que te eche una mano, le dice. Se ríe mientras lo dice. Porque yo lo único que pido en una chica con la que voy a compartir algunas horas, le dice, a la que voy a ver tres o cuatro veces, es que me excite. No pido más. A Uno le parece bastante sensato. Le dice que él nunca tendrá novia para no tener que preguntarle todos los días que cómo está, que si le ha ido bien. Luego hablan de política. Le dice que los fachas son idiotas y que el PP nos está llevando a la miseria. Luego hablan de sueños. Le dice que él va a recorrerse el mundo y que en algún momento querrá fundar una asesoría política para movimientos altermundistas. Luego le dice que ha conocido a una chica que parece que merece la pena. Le dice que ella ha leído las poesías que él había colgado en Facebook y que han hablado durante varias horas de lo buenas que eran sus poesías. Le dice que la chica tenía una conversación muy interesante. Ahí se ponen serios. Poco después vuelven a reírse mientras hablan de lo idiotas que son sus compañeros de Derecho. Por último le dice que lo único que querría ahora sería un teletransportador para no tener que aguantar las dos horas que les quedan de viaje. Lo siguiente que Uno oye son sus ronquidos y Uno ya se pone a leer a Joseph Roth, El Anticristo:

Pero yo, que no soy un hombre justo, no tengo la virtud de la paciencia. Soy una persona débil y temo al Anticristo. Ha llegado con el traje cotidiano del pequeño burgués, equipado incluso con todos los atributos del temor a Dios propios del pequeños burgués, con su piedad bajuna, con su vulgar avaricia de apariencia inocua y su espléndido amor de talante incluso noble hacia determinados ideales de la humanidad, como, por ejemplo, la fidelidad hasta la muerte, el amor a la patria, la disposición heroica para el sacrificio en bien de todos, la castidad y la virtud,la veneración hacia el legado de nuestros padres, la confianza en el futuro, el respeto ante cualquier repertorio de frases de las que el europeo corriente acostumbra y hasta se ve obligado a vivir. El Anticristo acaba de venir al mundo en medio de esta mascarada aparentemente inocua.

¡Ay!, estos pequeños momentos, piensa Uno, al compás de los ronquidos explayándose en el asiento trasero, al compás de las llanuras.

A Uno no le gustan solo esos viajes. También le apasionan los breves trayectos en metro. Breves pero intensos, piensa Uno, oh, sí. Realmente sorprendentes. Está sentado junto a un hombre trajeado que trabaja para una agencia dedicada a comprar empresas arruinadas, sacarlas a flote y venderlas por veinte veces su valor, y que le comunica a su compañero de qué forma tan inhumana su jefe es un hijo de puta, que no les pagan las horas extras, que les obliga a asistir a las escapadas mensuales para fomentar el amor a la empresa, se cree que somos idiotas, que había una exposición sobre Velázquez en el museo y que no ha podido ir a verla y que a este paso no va a poder tomarse vacaciones para llevar a su hijo a París y que a su mujer eso no le va a gustar, pero que se joda su mujer. En qué mundo vivimos, le dice, y entonces empieza a criticar al gobierno mientras pasan por delante de ellos y de Uno cierta mendiga con los tobillos masacrados, un hombre ceniciento que dice haber salido recientemente de la prisión, un viejo que afirma ser español y no encontrar trabajo, un mutilado gritando ayuda y compasión. En esos momentos, a veces Uno quiere salir corriendo del vagón y no ver nada más, pues los mendigos son cada vez más y cada vez más veloces y cada vez más ruidosos y cada vez tocan peor la armónica, pero hay ocasiones en que Uno se entretiene, incluso se divierte, comprobando la exactitud del sistema ferroviario que deja a cada individuo a las ocho de la mañana a pocos metros de su lugar de trabajo o de su oficina del paro y la avalancha exacta de mendigos y de hombres trajeados que salen del metro deseosos de hacer las cosas bien, convencidos de que aquella era su parada y que hoy puede ser un buen día, y Uno se entretiene comprobando que al final todo es la misma miseria, todo la misma mierda absurda y tratando de concentrarse en leer a José Corredor-Matheos:

Dejas que el cielo / vaya oscureciéndose / y la noche te anuncia / que todo lo que ves / va a desaparecer. / Sin embargo, qué paz, / qué sensación / de que todo está bien. / ¿Quién es el que respira / sin angustia / en el hondo silencio / de la noche?

A Uno le gustan estos viajes incómodos, suele decirse a sí mismo, porque le dan tiempo para leer. Y también suele decirse que aprende de literatura leyendo en el metro más por el hecho de estar en el metro que por el hecho de leer. No es que a Uno le interesen los mendigos más que José Corredor-Matheos, aunque a José Corredor-Matheos sí parece que le interesaban bastante los mendigos. Lo que a Uno le interesa es la intersección, como si lo importante de un libro se encontrara en las solapas. En la precisa posición del libro en cuestión dentro del vagón de metro o del autobús. Uno lee a Joseph Roth o a José Corredor-Matheos y entiende algunos aspectos del absurdo del mundo y entiende que al final se puede ser feliz en el absurdo del mundo o que se puede ser un desagraciado y que ninguna de las dos opciones es mejor. Ninguna les supone más, así piensa Uno, categoría intelectual. De eso cree Uno que trata todo esto. La categoría intelectual. Las solapas. Todos los libros hablan de lo mismo y todos los libros tratan de exponer el absurdo del mundo y la forma de comportarse ante él, lo cual, piensa Uno, o intuye de alguna forma, tampoco parece tener demasiado sentido.

A veces, incluso, después de un largo viaje incómodo en metro o en autobús, Uno también llega a su parada. No es extraño que esto ocurra, piensa; Uno intuye incluso que la frecuencia con que sucede es la misma que la del resto de individuos, sean mendigos o especuladores. Se baja del vehículo y se estira y trata de desentumecerse las piernas apartándose un poco de quienes luchan por sacar su maleta o de subir antes que el resto las escaleras mecánicas y, mientras tanto, piensa en cómo será el próxima largo viaje incómodo, si el paisaje será tranquilo, si las voces serán agradables, si la chica hermosa de su lado escuchará música atronadora o si por el contrario será un hombre gordo y sudoroso el que lleve cascos en las orejas; y piensa también en cuál será el próximo libro que leerá en su largo viaje incómodo. Porque eso es todo lo que Uno sabe hacer ante la mierda, ante la miseria absurda del mundo. Comprar billetes. Leer. Sentirse vivir un poco más.

La lluvia te ha llenado / los pulmones / de algo que es un dolor / en todo semejante / a la alegría.

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