Uno y los motivos

por Uno

I

Un buen día, Uno escuchó cierta historia. Uno se abstuvo de hacer cualquier comentario a esa historia. Poco después, Uno escuchó que La Central organizaba un concurso literario cuyo premio eran 500 euros en libros y esa fue la inspiración. Probablemente las haya peores, piensa Uno.

II

EL SUICIDA OCASIONAL P. E. D., DESDE SU OFICINA EN UN SÉPTIMO PISO DE LA CALLE MAYOR, TE RECUERDA CON DOCE AÑOS, BEBIENDO UN ZUMO DE NARANJA

Eras hermosa como un dictador cruel detrás de la ventana: una dictadora muerta y embalsamada con oropeles de ortodoncia y camiseta blanca de un grupo de música pop, sosteniendo toda la luz del patio interior en el vaso transparente.

Eras hermosa como una espía de mirada siberiana en la sala VIP de una discoteca europea, atenta a los danzantes que beben a tus pies, despreocupada del incógnito debido. Hermosa como si no te incumbiera que el fumador del salón de enfrente, inmóvil tras golpear el teléfono contra la pared con el ansia desubicada, te hubiera descubierto en el centro de la ventana, en la pared de ladrillo visto, en el bando enemigo, y se preguntara hasta qué punto las niñas actuales sois capaces de comprender los procesos mentales de los demás, no ya el proceso mental que puede llevar al suicidio sino cualquier proceso mental y por tanto el hecho de que vuestra identidad no sea única y absoluta ni lo sean los golpes a la subjetividad, etcétera. Tan hermosa como inmune mientras el fumador, seguro de que sigues ahí, regresa del cuarto de baño con una cuchilla en la mano, se deshace de la chaqueta, se desabotona la camisa, se deja caer en el sillón y se busca las venas, ¿en vertical o en horizontal? Tan hermosa que ni siquiera la intensidad del hombre sangrando entre los tendones, al otro lado de la cuerda de tender, te desenmascara.

Eras hermosa como una exploradora atea inspeccionando un tótem grasiento y ajado, relativizando los enigmas y la incertidumbre, capaz de abandonar las muñecas prematuramente y capaz de asimilar los cortes en las muñecas y el miedo y la tristeza y todo lo que ya ha sido comprendido y se precia demasiado. Como una aventurera acechando desde la ventana de tu cuarto al hombre que se avergüenza de sí mismo y de la sangre impuntual que cubre el reloj: las tres. Eran las tres y media cuando se levantó y trató de orientarse hacia la puerta mientras daban los deportes y llovía pesadez sobre el parqué. Tan hermosa que sobrevolabas su fracaso.

Eras hermosa como una princesa abriendo la puerta de su castillo de corrientes de aire: no, tu papá el doctor ha salido, no esperas a nadie; ningún caballero automutilado sería capaz de resistir la confesión: he tenido un percance, y me condujiste hasta tus aposentos de princesa sin audiencia, de pósters de príncipes azules con torsos tan azules como un cóctel tropical; una princesa áspera que desprecia con la misma compasión la poética del cuerpo, velludo, húmedo, y los goles del telediario envueltos en el azul del decorado.

Eras hermosa como un dictador adicto a la vitamina C, una dictadora de la liquidez quitándose la camiseta blanca del grupo pop para atármela en el brazo con una fuerza que resultaba evidentemente insuficiente incluso para ti, el gesto copiado de los príncipes azules de playas tropicales, una dictadora ordenando la ambulancia en el teléfono sumiso; y cuando te balbuceé el recado del arrepentimiento, dile que lo siento, como si fueras capaz de comprender que el dolor podía multiplicar sus direcciones, tú ya habías bebido el zumo y olías a líquido prefabricado, o puede que fuera mi propio aroma denso, y parecías bendecirme desde las alturas, paz a los suicidas, y solo llevabas un sujetador naranja, tan naranja como toda la luz del patio sobre la pared de ladrillo.

Eras hermosa como si el mundo no fuera demasiado alto para tus doce años. Como si lo demás no fuera tan importante, como si yo mismo o mi tentativa visceral no lo hubieran sido. Ese tipo de hermosura y de metáforas de juegos recreativos los sábados por la tarde.

EL SUICIDA OCASIONAL P. E. D., DESDE SU OFICINA EN UN SÉPTIMO PISO DE LA CALLE MAYOR, NO ALCANZA A SENTIRSE IRREMEDIABLEMENTE VIEJO NI IMPRECISO

III

Uno tardó aproximadamente seis horas en escribirlo, repartidas a lo largo de cuatro o cinco días. En plena decepción, Uno se planteó lo absurdo de escribir ese relato y trató de darle sentido al acto de escribir ese relato partiendo de los motivos para escribir ese relato.

IV

EL SUICIDA OCASIONAL P. E. D., DESDE SU OFICINA EN EL SÉPTIMO PISO DE LA CALLE MAYOR, TE RECUERDA CON DOCE AÑOS, BEBIENDO UN ZUMO DE NARANJA

Uno: Esa era la imagen: un hombre se intenta suicidar en el salón de su casa cuya ventana da a un patio interior y a otra ventana que resulta ser la de la habitación de una preadolescente de doce años. Ella está en la ventana y no se mueve de allí durante todo el proceso y él no baja las persianas ni se contiene aunque sabe que ella está ahí y que su suicidio tiene espectadores. Pretende ignorarla como única muestra de civismo, pero lo sabe. Él es gordo y feo y violento y ansioso. Y el relato busca una atmósfera incierta y no hay explicaciones ni regodeos en la poética del cuerpo que, sin embargo, está presente: todo lo que está ahora tan de moda. Tendía hacia ese tipo de sutileza a lo Nabokov cargada de metáforas como forma de evitar el conflicto directo y de que la escena lograra agitarse y revolverse, que eran las metáforas con las que el hombre mediaba su recuerdo.

Otro: ¿Cómo acababa?

Uno: Pues él se arrepentía: al fin y al cabo sus motivos eran más viscerales que ciertos, e iba a casa de la niña que era también la casa del médico, y ella le abría la puerta. El encuentro. Él sangra abundantemente y le confiesa que ha tenido un percance, eso es lo que siempre se dice; ella se hace dueña de la situación y le ata su camiseta en el antebrazo y llama a la ambulancia. Ella domina cruelmente la situación, cruelmente con toda su levedad frente al suicida plomizo. Ella es la dictadora de la liquidez, tan hermosa que puede comprender perfectamente el suicidio y el fracaso del suicidio no consumado. A ese tipo de hermosura y de metáforas ser refiere Uno.

Otro: El planteamiento parece aceptable.

Uno: Claro, durante unos segundos, durante lo que dura el destello, a Uno le pareció una buena imagen. La luz del patio, las ventanas, la culpabilidad a un lado y la inocencia al otro, la audiencia imaginaria y la fábula personal, el conflicto de generaciones, etcétera. Sin embargo, bueno, siendo realistas, ¿qué importa? En el fondo. No es más que otro relato para un concurso: oh, el suicidio para ganar quinientos euros, ¿verdad? No sé, o la identificación. Una niña que podrías ser tú, que es el del relato y un hombre que también podrías ser tú y supuestamente la lectura te crea algún tipo de emoción. Pero mi conocimiento es bastante limitado y al final no deja de ser una aproximación, como todo lo demás. Pero peor.

Otro: ¿Como todo lo demás? ¿Como Flaubert, como Tolstoi, como Cervantes, como Beckett?

Uno: Como Kafka, como bla, bla, bla. Basta. Uno sabe que la culpa es suya por querer tener unos cuantos libros gratis. Y no es que Uno prefiera gastarse el dinero en putas ni en farlopa, Uno no es ese tipo de fingidor; no es eso: quinientos euros para libros es muy tentador, la economía de Uno le acerca bastante a la indigencia, y sabe que las bibliotecas son un invento cojonudo, un buen invento en el mejor sentido de la palabra pero… no lo sabe, Uno. No tiene ni idea. Ni siquiera sabe si le movía algún impulso mayor que esos quinientos euros. Lo peor es que al final ha acabado hablando de literatura. Eso sí es horrible.

Otro: ¿Qué tienes contra la literatura?

Uno: Oh, nada, nada. Uno no tiene nada que objetarle a ningún tipo de entretenimiento. Pero aquí está, charlando sobre literatura. ¿No es mejor charlar un rato sobre el suicidio? ¿No es más útil en todos los aspectos posibles?

Otro: Aquí las preguntas las hago yo.

Uno: Bien, supongo que ese es el error de fondo.

Otro: Como quieras. ¿Entonces?

Uno: Entonces Uno citará André Comte-Sponville: Paz a los suicidas. No hay más.

V

Uno releyó ambos textos. Uno se los envió a dos o tres personas de confianza. Esto es lo que Uno hace aunque en sus tentativas como escritor Uno no sea capaz de librarse de la sensación de mediocridad. Un par de días después, cuando el orgullo de haber encadenado unas cuantas palabras se esfumó, Uno comprendió que obviamente el primero era el único que se aproximaba a algún sitio y rápidamente envió el texto a la dirección indicada, tan rápidamente que no se dio cuenta de que estaba enviando un borrador lleno de fragmentos desechados que superaba la extensión permitida, por lo que a la postre sería rechazado.

¿Y ahora?, piensa Uno. ¿Y esto? No deja de ser un relato para un concurso, piensa Uno, pero, se compadece, paz a aquellos que solo pueden juzgar una acción por sus motivos.

Como Uno.

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