Uno y Wilcox

por Uno

¿Qué desea hoy, señor? –le preguntan a Uno.

Hoy, Wilcox, me tomaría un poco de poesía.

¿Se encuentra bien, señor?

Oh, horriblemente mal, Wilcox, ya que pregunta. Un día terrible, en realidad. Salí temprano de casa y me encontré, ¿se lo puede imaginar?, con una huelga. Una pequeña, prácticamente minúscula huelga. Usted sabe que Uno apoya todo tipo de rebeldía, pero esta mañana, esta precisa mañana, las movilizaciones fueron tan superficiales que tuve que desayunar política de máquina con unas tostadas. ¡Y las tostadas estaban rancias! Probablemente era política del día anterior. Y Uno solo pide que la política sea fresca, ya me comprende. Zumo recién exprimido, alguna idea revulsiva, la maldita, la bendita, la encendida revolución. Últimamente la política no me cae bien al estómago, Wilcox.

Entiendo, señor. Suele ocurrir con los buffets libres. Todo está precocinado.

Tiene mucha razón, Wilcox. Desde que se dedica a las metáforas está mucho más agudo. Conversar con usted me resulta extremadamente placentero. ¡Ay! Cómo le gustaría a Uno que los pobres de espíritu, los crueles, en vez de participar en huelgas superficiales imitaran un poco su disposición a la sensibilidad superior. Porque ha de saber, mi querido Wilcox, que no fue solo el desayuno lo que ha estropeado el día. Ojalá. Un mal desayuno es, al fin y al cabo, algo irrelevante. ¿La comida más importante del día? En efecto, pero comida al fin y al cabo. Uno esperaba que unas horas en la oficina asistiendo al espectáculo maravilloso que es la configuración del orden social, los resortes de esa máquina invisible cuya finalidad nos ha sido vedada, Wilcox; el estallido casi sagrado de esperanzas que es la cola del paro me hicieran olvidar la agonía nutricional. Sin embargo, siéntese Wilcox, haga el favor, lo que Uno va a decirle le puede dejar patidifuso; sin embargo, Wilcox, después de que Uno recogiera el número y se insertara al final de la cola, satisfecho por fin de poder obviar los desequilibrios gástricos de la política nacional y esperando plácidamente su turno para que una responsable burócrata lo asignara al puesto que Uno desempeñaría con verdadero placer desde ese mismo día; entonces, Wilcox, Uno tuvo que tragarse algo mucho peor. Incomparablemente más demoledor. El disgusto, Wilcox, la rabia borreguil de quienes le rodeaban inquietos, angustiados, deseando estar en cualquier otro lugar. Le miraban a Uno con una mueca de sumisión para comunicar que “no queda otra”, como si eso significara algo. Una falta absoluta de carácter, Wilcox, Uno no lo puede explicar de ninguna otra forma. Obviamente, eso hizo que Uno se marchara para comer en un lugar donde se respirara cierta placidez. ¿Es que pide Uno tanto, Wilcox?

No, señor. En absoluto.

Eso mismo cree Uno. Pues, Wilcox, cabreado como estaba, Uno ha caminado más de la cuenta en busca de un local acogedor. Refugio, eso es lo que Uno necesitaba. En ese estado Uno es muy exigente y difícil de satisfacer. Finalmente Uno ha entrado en un lugar resguardado, cálido, hogareño, y qué dirá que le han servido para comer, Wilcox. No se lo creería, amigo mío. ¿Se rinde? ¡Literatura! Nada más y nada menos que literatura, de la más intrascendente y despreciable. Uno deglutió uno tras otro debates sobre la muerte de la novela, sobre el mercado editorial, sobre los amiguismos, sobre no sé qué ministro de cultura. Uno casi fenece, Wilcox, no ponga esa cara. Uno soñaba con volver aquí, a nuestra querida acera, Wilcox, mientras vomitaba apoyado en la taza de uno de esos baños tan modernos y volátiles.

No llore, señor. No merece la pena. Es el mundo en que vivimos. ¿Pero cojea usted? ¿Le duele algo?

Si usted supiera, Wilcox. No termina ahí la desgracia. Oh, la desgracia es inagotable. Uno es alguien incansable en su vagabundeo, así que salió de aquel antro infernal, decidido a olvidar tales agravios, y se internó en unas callejuelas encantadoras. Entonces empezó a llover, Wilcox. Comprenderá usted el miedo que Uno sintió ante la posibilidad de darse de bruces con cualquier conversación meteorológica en la primera esquina. Ese miedo no se puede obviar, por lo que Uno se resguardó en un edificio imponente. Y allí, Wilcox, en ese lugar, a Uno le sirvieron lo único que odia con mayor fuerza que una tertulia literaria: ¡Una tertulia de cualquier otro tipo! Sexo, drogas, cine, belleza, de todo se hablaba allí con extrema seriedad, con tanta seguridad, querido Wilcox, que Uno se vio obligado a abofetear a cada uno de los contertulios y salir huyendo. Pero siempre son más rápidos que Uno, Wilcox. Siempre. Le dieron alcance, le empujaron, le tiraron al suelo y le propinaron puntapiés hasta que Uno perdió el conocimiento.

Es terrible, señor.

Los niños se reían de Uno, Wilcox.

Terrible, señor

Los ancianos le golpeaban con sus paraguas, Wilcox.

Terrible, señor.

Las chicas guapas le ignoraban, Wilcox.

Terrible, señor.

Una vieja arrugada y pestilente le lanzó un tomate a la cara cuando Uno se ofreció para ayudarle con la compra.

Terrible, señor.

Uno se emborrachó, Wilcox. Es necesario reconocerlo y Uno no se avergüenza de hablarle en este tono sentimental. ¿Le resulta insoportable, Wilcox? Uno entró en un supermercado, guiado por un sonido delicioso, y se emborrachó. ¿Lo oye, Wilcox? ¿Oye eso? Es Händel. Uno se emborrachó con Händel hasta que un guardia de seguridad lo arrojó a la calle. Parecía tan enfadado… No se lo reprocho. Al fin y al cabo es su trabajo y Uno está seguro de que ha arrojado a la calle a muchos otros antes. A Muchos otros de los que se han detenido a escuchar a Händel en el supermercado y a los que probablemente, como a Uno, confundió con hombres dignos, orgullosos, que habían extraviado su camino. ¿Está escuchando, Wilcox?

Por supuesto, señor. Händel.

¿Qué hubiera hecho usted, Wilcox? Dígame, si las metáforas no le han consumido ya el cerebro. ¿Qué hubiera hecho en mi situación?

No lo sé, señor. ¿Beber?

Beber… Qué predecible es usted. ¿Puede darle a Uno la poesía ahora? Uno la necesita. No pierda de vista los cartones pero acérquele al pobre Uno la poesía. Este es uno de esos momentos en que Uno se pierde de vista a sí mismo, ¿entiende, Wilcox?, como si desapareciera Uno, como si fuera irreal. No le pierda de vista a Uno, Wilcox.

Aquí tiene. ¿Algo más?

¿Siente lástima de Uno, Wilcox?

No demasiada, señor. No siento ninguna lástima por los tipos como usted. Apenas un ligero aprecio.

Entiendo, Wilcox. Puede retirarse. No es tan inteligente como pensaba

Usted tampoco, señor.

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