Uno y la amistad

por Uno

Es usted un estúpido –le dicen a Uno–. Un estúpido y un tonto del culo. Además, es usted profundamente feo. Esencialmente feo.

Vaya –responde Uno–. Y usted es ciertamente perspicaz. Me gustaría alabar su precisión de juicio pero para ello necesito conocer las razones en que se basa. ¿Tiene usted argumentos? ¿Quizá ha oído hablar de mí en alguna reunión? ¿He abordado a su novia en un vagón del metro? ¿Son las malas lenguas o las buenas lenguas las que le han informado con tanta exactitud? ¿Existen las buenas lenguas? No se corte, por favor, Uno está deseando mantener una conversación con usted basada en la sinceridad y el libre intercambio de opiniones.

Tengo argumentos –le dicen–. Ya lo creo que los tengo. Un sinnúmero de argumentos, y de todo tipo, argumentos literarios, autoridades, impresiones, individuos de intachable reputación. De verdadera confianza, como quien dice. Sin embargo, considero una irremediable pérdida de tiempo pasar más de un segundo con usted y para mí el tiempo, la falta de tiempo, de hecho, es algo crucial. Le podría decir incluso que es lo más importante de mi vida y nada como la sensación de pérdida de tiempo para generarme una angustia terrible. Imagínese que muero mañana. No es una posibilidad descabellada, la gente muere todos los días, y usted y yo somos gente. No me gustaría haber malgastado mis últimas horas en una charla vacua con un ser tan limitado. Permítame que se lo repita. Usted es gente. Yo soy gente. Es necesario recordar eso, así como recordar que nada nos impide morir dentro de un rato, por lo que si no tiene nada más interesante de que hablarme le sugiero que se haga a un lado y me deje continuar.

Le comprendo perfectamente –Uno–, y me apartaré con sumo gusto, pero usted es capaz de entender -pues ya le considero una persona inteligentísima- que el vivo interés que he sentido hacia sus palabras y hacia las razones profundas que usted quiere guardarse tan egoístamente surge de que para mí nada es más importante que Uno mismo y en ningún caso disertar brevemente sobre ello me puede parecer una pérdida de tiempo. No le pido mucho, pero yo también tengo cosas que hacer, sí, estoy casi convencido de ello, aunque Uno nunca puede estar seguro de nada, ¿no le parece?

Me parece, sí, –le dicen– en eso podemos estar de acuerdo, pero sepa que en todo lo demás le llevaré la contraria aunque me arrepienta poco después, cuando alcance a comprender el sentido profundo de lo que ha querido decirme. Eso es probable. Pero negaré todas sus razones solo para que usted no se acomode. Odiaría verle acomodado mientras yo no lo estuviera.

Oh, es usted tan inteligente –Uno–. Aunque por lo demás es un idiota. E insoportable, sí, mi sensibilidad es incapaz de aguantarle. Si yo digo blanco usted dirá negro, si yo digo alegría usted dirá tristeza, si yo digo empatía dirá usted perplejidad, si yo digo cualquier cosa me responderá con el silencio, oh, demonios, ¿no es así?

En ningún caso –le dicen–. Estará de acuerdo conmigo en que lo importante no es que estemos de acuerdo sino que este encuentro no se prolongue más allá de lo imprescindible. Odio las despedidas largas casi tanto como las cortas.

¿Despedidas, dice? –Uno– ¿Pero cómo? ¿No acabamos de conocernos?

Así es, y ya le estoy empezando a coger cariño –le dicen–. Me resulta usted entrañablemente conmovedor. De alguna manera, podría decirse que envidio su capacidad de conmoverme: yo nunca logro hacerlo con tanta intensidad. Me gustaría que asistiera a mi entierro y pronunciara un discurso conmovedor. ¿Está dispuesto? ¿Se engalanaría como a usted le gusta? Claro que sí, pues eso es lo que hacen los amigos, ¿me permite llamarle amigo? Sepa usted que le odio con toda la fuerza de que mi amor es capaz. ¿Me entiende? Es evidente que no, aunque no sea capaz de reconocerlo.

Bueno –Uno–, me temo que esa no es suficiente fuerza para mí, amigo, y sirva esta designación para responder a la suya anterior. Sin embargo, tenga en cuenta que nuestra relación se basa exclusivamente en mis palabras y que he sido yo quien ha hecho posible este fortuito y agradable encuentro con mi ingenio. Por ello, considero que está exagerando.

¿Sus palabras, dice? –le inquieren– ¿Sus palabras? En absoluto. Todo lo que ha sido pronunciado aquí ha salido de mi cerebro, capaz de una lucidez inigualable. Suprema, incluso, lo que provoca que nuestra relación sea desigual. Que la balanza esté de mi lado, ¿comprende?

Oh, no. Oh, no –Uno–. No estoy dispuesto a aceptar eso. Uno posee cierta dignidad, ¿sabe?, y pedirá disculpas si es necesario pero no permitirá que le menosprecien. Tenga usted muy buenas tardes y mucha suerte.

¿Suerte? –le dicen– Bah, finalmente ha cedido al sentimentalismo. Le desprecio.

Yo me desprecio aún más –Uno–. Y a usted.

Así es –le confirman–. Aun inteligente, como usted mismo afirmó hace tiempo, soy un individuo bastante despreciable. No completamente, sin embargo.

¿Por quién me tomas? –Uno–. Eso lo has plagiado. Sepa que esto no va a acabar así.

Por supuesto –le dicen–. Confieso que le adoro. Búsqueme cuando me convenga.

Lo haré –Uno–. Se lo advierto.

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