Uno y la belleza

por Uno

Uno piensa que en el contexto en que él vive hay cosas bonitas. Uno, que no es ajeno a ese contexto dado que entiende el contexto no como una red de relaciones que le engloban sino como una red de relaciones que le entrelazan, ha desarrollado un gusto y una emoción adecuadas al tipo de belleza que hay alrededor de Uno. Un gusto y una emoción propias del pequeño burgués que el contexto, esa red de relaciones que le entrelazan, le dice a Uno que es.

Te conozco, estudiante, trabajador eficiente, concienciado socialmente, consumidor ocasional, soñador. Te conozco, ciudadano. Te llamaré pequeño burgués.

Desde su lógica de pequeño burgués, a Uno le reconforta cierto tipo de belleza. Uno tiene sus gustos y no cree que sea difícil para cualquier analista de la pequeña burguesía adivinar cuáles son. Rápidamente: Los Soprano más que Aquí no hay quien viva, Los Simpsons más que Cuarto Milenio, Matrix más que Torrente, twitter y Russian Red cantando en acústico casi más que ninguna otra cosa. Sin embargo, no es esto lo que a Uno le preocupa ahora. Uno, piensa, desde su gusto de pequeño burgués, es capaz de encender la televisión y ver belleza en los anuncios y en Los Soprano y en el indie y en todo lo demás. Es capaz de ir a un museo y ver belleza en las paredes o leer a Proust y ver belleza en el estuco de las paredes y en las palabras. Y, desde su lógica de pequeño burgués, Uno logra comprender que no se diferencian demasiado. Que la belleza de Proust y la belleza de Anne Geddes o de Russian Red forman parte de la industria del entretenimiento, del mismo modo que Musil, Broch, Tarantino, Spielberg, la Play Station, el narcotráfico y los reparte flyers que habitan el barrio en que Uno vive forman parte de la industria del entretenimiento. Hay quienes se entretienen con unas cosas y quienes se entretienen con otras, piensa Uno, y no es posible hacer más distinciones. Incluso hay quienes son tan estupendos que pueden entretenerse con Matrix y Mozart según les venga el día. Bien por ellos.

Uno piensa que esta forma de entender la belleza como Entretenimiento e incluso la propia palabra Entretenimiento, es un planteamiento muy pequeño burgués.

No, hijo, las cosas requieren su esfuerzo, ahorra, exígete a ti mismo tanto que tengas la autoridad para exigirle a tu jefe trabajar ocho horas al día, no más, pero tampoco te permitas trabajar menos, no seas como el hijo del vecino, compra una enciclopedia de arte para el mueble del salón, perdona los errores de los poderosos como ellos se los perdonan a sí mismos, haz lo correcto porque es lo correcto, y así podrás tener una vida tranquila con algunos placeres en los que matar los ratos libres, espera hijo, espera, antes de que te vayas, un último consejo: ten mucho miedo a perderlo todo, Amén.

El planteamiento es tan pequeño burgués que casi resulta post marxista. El disfrute que Uno hace de la belleza es tan pequeño burgués que lleva aparejados dos de los pilares de la pequeña burguesía: la culpa y la crítica. La culpa y la crítica unidas en el mismo concepto.

Cuando Uno disfruta de la Belleza más de lo debido Uno se siente culpable. Uno piensa que era contra los pequeño burgueses contra quienes Rafael Sánchez Ferlosio se dirigía: es al trabajo al que hay que preguntarle para qué sirve, no al ocio, pues el pequeño burgués, adorador del trabajo, lo entiende todo en términos de beneficio o de dignidad laboral o de dignidad consumista -depende de a quién vote-. El Entrenimiento no produce beneficios y su único cometido es matar el tiempo y el tiempo es limitado. Esto molesta al pequeño burgués que hay en Uno, como todo lo que es inútil y se extiende demasiado. Junto a esta culpa, el pequeño burgués del siglo XXI que hay en Uno suele hacer críticas al capitalismo, entre ellas: la nivelación y la difuminación de las fronteras. Que haya situado en la misma casilla a Kafka y a la decoración de interiores. A Uno le molesta tanto que su vida esté dominada por el Entretenimiento como que Kafka o Munch hayan sido rebajados a esa categoría que, por supuesto, es la única categoría a la que Uno podría acceder. Pero, claro, ya sabemos que el pequeño burgués es un individuo ciertamente picajoso.

La crítica de Uno va un poco más allá. El capitalismo, piensa Uno, no solo ha igualado toda la cultura y toda la belleza en el Entretenimiento, sino que ha logrado apropiarse de la belleza. La belleza, hoy, piensa Uno, funciona siempre como legitimación del capitalismo que le da cabida. Uno piensa en la publicidad. Uno piensa en el Museo del Prado, Uno piensa en novelistas anticapitalistas conferenciando junto a poetas patrocinados y filósofos de la posmodernidad en Universidades de Verano; en Cajas de Ahorro organizando exposiciones. Uno piensa en ARCO como lavado de imagen del capitalismo. Uno piensa en Michel Houllebecq cuando, en El mapa y el territorio, proyecta una Europa exportadora de belleza y de arte como bienes de consumo, exportadora incluso de la Idea del Arte Sublime y No Comercializable como bien de consumo. Uno piensa que, por supuesto, incluso El mapa y el territorio es un bien de consumo. Uno, como buen pequeño burgués, sospecha siempre de que alguien le está intentando vender algo. Y de que el vendedor es más inteligente que Uno

Y, por supuesto, no es solo la belleza bella, piensa Uno. Es la belleza fea, es Baudelaire y Las flores del mal y todo lo que vino después, Leopoldo María Panero, la mística sufí, el arte vandálico, los músicos ambulantes, los nuevos ricos en sus nuevas torres de marfil, todos los locos y toda la mierda envasada y todas las novelas que llevan escrito en la solapa la novela más radical e inclasificable de nuestro siglo, que son tan perfectamente clasificables y vendibles desde su estatus de belleza como todo lo demás.

Desde su lógica de pequeño burgués -que no es exactamente la misma que la lógica de los pequeños burgueses que piensan que no lo son- Uno tiene que concluir que el capitalismo impide la posibilidad de una belleza fuera del sistema e incluso de una belleza que no redunde en favor del sistema que la acoge, y que toda Estética Libertaria será, por definición, fea, de un feo cutre, de un feo pobre, de un feo feo.

Bien. Sin embargo, Uno no puede olvidarse de otro elemento: el Deseo. Como a todo pequeño burgués, a Uno le gustaría ser esteta. Saltarse la moraleja de los cuentos. Despreciar la lucidez de la lógica. Ser un tonto encantador con su sinestesia impositiva. Acercarse a ARCO para diseminar suficiencia y connivencia y placer como un obispo repartiendo hostias y bofetadas. Este deseo no le provoca ninguna reflexión. Solo le sirve a Uno para tener clara una cosa: que su reflexión acerca del capitalismo y de la belleza y su intuición de que esta es solo un intento de estafar a Uno nace de reducir todo el problema a un problema económico, de ser tan estrecho de miras como un pequeño burgués, de estar obsesionado con los intereses bursátiles, igual que el propio Houllebecq reducía todos los problemas a problemas sexuales, o al menos lo hacía hasta que se volvió sosegado. Uno piensa que le gustaría poder despreciar el capitalismo, decir a mí qué me importa el capitalismo y la industria del entretenimiento si tengo la belleza, y no decir nada más. Sin embargo, Uno piensa que este desprecio del capitalismo sería únicamente una nueva legitimación del capitalismo. Voraz, el capitalismo, admite Uno. Y entonces Uno ya está prestando de nuevo una atención desmedida al capitalismo, una atención quizá exagerada, duda que se convierte de nuevo en una legitimación del capitalismo, lo que podría llevarle de nuevo al desprecio del capitalismo, etcétera. Uno podría continuar dando bandazos entre la responsabilidad y la altivez hasta el infinito, pero Uno teme por su cabeza de pequeño burgués, no hecha para estas contradicciones.

Voraz el pequeño burgués, pensaba Baudelaire, voraz su ansia de belleza. Voraz el capitalismo. En esto los hemos convertido. Nos hemos convertido.

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