Uno y el sistema

por Uno

Uno ha oído a las mujeres decir, la culpa la tienen ellos, y concluir, machistas, y ellos no son solo los hombres sino toda la, así dicen, construcción social masculina del poder y de la identidad y de las formas de comunicación y del silencio y del miedo.

Uno ha oído a los hombres decir, la culpa la tienen ellas, y concluir, putas, y ellas no son solo las mujeres sino toda la, así dicen, maldad femenina que les promete el paraíso y regresa a casa con una manzana envenenada, que les exige ser la construcción masculina del poder y todo lo demás pero en realidad no, que les sueña hombres y les juzga machos.

Uno ha oído a los políticos decir la culpa es de los periodistas y a los periodistas decir la culpa es de los políticos. A los exaltados la culpa es de la policía y a la policía la culpa es de los exaltados.

Uno ha oído, incluso, a los ateos decir la culpa es de los cristianos por instaurar la culpa.

Uno ha oído al pensamiento débil decir la culpa es de los demás. Uno ha oído a la ideología decir la culpa es de la realidad. Uno ha oído a todos sus amigos decir la culpa es del sistema.

Uno de los escritores que a Uno le gustan y que de forma más descarada interfieren en sus procesos mentales, Thomas Bernhard, solía decir que él se encontraba siempre del lado de las víctimas. Uno piensa que esto lo diría cualquier individuo de los citados arriba, hombre, mujer, ateo o policía. Los opinadores de los periódicos, todos tan concienciados, al lado de las víctimas. Uno piensa que, contra lo que pudiera parecer, sus diferencias no se encuentran tanto en la definición de las víctimas como en la de los verdugos. Esta es la identificación que de verdad importa.

Por lo que Uno ha visto hasta ahora, la culpa suele ser una dirección que parte de Uno y se evapora en Los Otros, centrífuga y señalada, j’aime, j’accuse; exculpatoria, la culpa.

(Incluso, intuye Uno, esta dinámica se encuentra tan interiorizada que, al leer de nuevo lo escrito hasta aquí, Uno piensa que sus palabras pueden ser interpretadas como si Uno pidiera a Los Otros entonar el mea culpa. Nada más lejos de la realidad).

A veces los amigos de Uno no le dicen a Uno que la culpa es del sistema. A veces los amigos de Uno, que discuten con Uno por el mero placer de discutir y que pueden tomar partido por una u otra opción según soplen los vientos o las voces de los interlocutores, tratan de desacreditar a Uno o de situarlo en el mismo rebaño diciéndole pero tú también formas parte del sistema, Uno.

Uno nunca ha negado este supuesto. Uno nunca se ha reconocido como antisistema. Uno, quizá, admite ahora, ha podido dar la impresión de querer ser asistema cuando Uno afirma que solo quiere que le dejen en paz. Pero esto también dependía de los vientos y de las voces.

Así que Uno piensa que también forma parte del sistema. Esto no es discutible. Sin embargo, piensa Uno, eso no es lo más importante. Uno piensa que lo terrible, lo definitivo, no es que él forme parte del sistema sino que el sistema forma parte de Uno. La parte que no le deja en paz y se siente apelada por la publicidad de IKEA. La parte en la que Uno comparte una casa a las afueras con una chica no histérica, tiene un trabajo agradable con posibilidades de ascenso, disfruta de un ocio mesurado que incluye viajes puntuales para conocer otras ciudades, cena con amigos ingeniosos y consume de forma racional movido por una ambición incapaz de generarle frustraciones. O la parte en la que Uno se sienta delante del ordenador por las noches y escribe estupideces en un blog al que ha dado en llamar El blog de Uno y cuenta las visitas diarias que recibe. La parte violenta, reacia a la incertidumbre, que impide a Uno cualquier crítica al sistema.

Thomas Bernhard dijo en algún libro que él estaba siempre, en cualquier caso, con las víctimas.

Thomas Bernhard dijo en algún libro que su posición, al lado de las víctimas, solo era posible gracias a que existían las víctimas. Su silla, su mesa, su alimento, sus libros del lado de las víctimas y el orgullo de haberlos escrito, todo ello -prácticamente su identidad, piensa Uno- dependía en última instancia de que existieran las víctimas. Uno, como todos los demás, está cargado de víctimas. Lo que Thomas Bernhard nunca mencionó -o Uno no le ha leído- es que estuviera dispuesto a renunciar a su posición al lado de las víctimas.

Estos días Uno piensa que debería revitalizarse la palabra revolución. Uno piensa que no es un término agotado. Uno entraría en ella, en la revolución, y se confundiría entre la masa de los Ciudadanos y gritaría sus consignas contra el sistema y prendería fuego a lo que su ímpetu le dijera que merecía las llamas. Uno caminaría junto a todos ellos, junto a Los Otros, sí. Sin embargo, Uno lo haría como si estuviera anudando la soga a la viga, el lazo que espera su propio cuello, como si se encontrara junto a la guillotina con las manos manchadas de sangre y accionara la palanca y fuera también su propia cabeza, su cerebro manchado de víctimas, la que rodara por el suelo. Uno debería ir a la revolución a reducir a cenizas la parte de Uno mismo de la que forma parte el sistema, de la que nace el sistema. Uno debería ir a la revolución a morir, no, a matarse.

Lógicamente, Uno debería ir a la revolución como si caminara hacia el suicidio. Lógicamente, también, Uno nunca mencionará si está dispuesto a hacerlo.

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