Uno y el ajuste

por Uno

Uno se encuentra en una discoteca moderna. Baila. Busca. Bebe. Todo lo que Uno hace empieza por b. De Balbuceo.

La fiesta es una gran fiesta. Uno tiembla y se desgañita cuando, sobre la tarima, Roberto Juarroz pincha aquello de

A veces me parece / que estamos en el centro / de la fiesta / sin embargo / en el centro de la fiesta / no hay nadie / En el centro de la fiesta / está el vacío / Pero en el centro del vacío / hay otra fiesta,

y Los Otros gritan con Uno.

Uno levanta su copa cuando, desde la barra de la fiesta en el vacío, Jack Kerouac, invitando a una ronda, propone,

Brindemos por los locos, por los inadaptados, por los rebeldes, por los alborotadores, por los que no encajan, por los que ven las cosas de una manera diferente,

e impide el silencio. Los Otros, alrededor de Uno, lo imitan. Un millón de copas se elevan ante la ilusión compartida del reconocimiento, de que están, estamos, brindando por mí, por nosotros, los locos, en el centro del vacío, en la fiesta del fin del mundo. Viva el desequilibrio emocional, piensa Uno.

Uno se encuentra en el hospital. A su lado hay un hombre. La fiesta del fin del mundo dejó a Uno sin voz. El hombre que camina junto a Uno está asimismo afónico. Sin embargo, dice, no fue a causa de ninguna fiesta. Se han conocido en la consulta del foniatra. Parece afable y aniñado, el hombre. Mira el reloj y saca una pastilla blanca de una cajita metálica con la imagen de un templete modernista con niños modernistas que mueven ruedas modernistas con una barra de hierro. Se la toma. Uno, recién llegado del fin del mundo, aún con el fin del mundo latiéndole en las sienes, le escucha, interesado como lo estaría cualquier buscador de historias y de emociones recién salido de la fiesta de Juarroz y Kerouac y todos los demás alborotadores orgullosos de su fiesta del fin del mundo. Además, al hombre le cuesta hablar y se lleva la mano a la garganta y carraspea y cierra los ojos muy fuerte, lo que resulta cómico y entrañable.

Desde los catorce años me vi con un volante en las manos. Primero fue en Alemania, en un camión. Era lo que había que hacer, dice, entonces solo estudiaban los ricos.

El hombre que hay junto a Uno se fue a Alemania, solo, con catorce años y se puso a repartir comida. Echó de menos a sus padres y nunca se fue de putas. Uno, a los catorce años, escribía versos en las carpetas de sus amigas. Tampoco se fue de putas, pero, eh, piensa, acaba de llegar de la fiesta del fin del mundo. Eso tiene que significar algo.

Después hice la mili en Tánger y me asignaron a la sección de transporte. Tuve suerte, dice. Cuando terminé me saqué el permiso del taxi. Me gusta escuchar a la gente. Y hasta ahora.

Uno piensa, qué vida más triste. Uno no va a negar que en esa frase se mezclan la ternura, la lástima y el desprecio, aunque no sabe en qué proporción. Entonces, el hombre reconoce,

es una vida un poco miserable. Si quieres, te acerco.

El hombre que hay junto a Uno le señala un coche a la puerta del hospital. Mientras le sigue, Uno piensa que a eso debe de referirse el psicólogo de Uno cuando le habla de la importancia del ajuste emocional, a ese hombre. A hacer lo que hay que hacer y a hacer las cosas bien. A no vivir nunca por encima de las posibilidades. A vivir con una posibilidad, con una selección, aferrado siempre al mismo volante que te aleja del manicomio.

Abróchate el cinturón, por favor, le dice el hombre.

Le dice también que ahora está de baja. No por la voz, claro. Últimamente ha tenido una mala racha y no sale del hospital. Le dice que hace unos meses le golpeó un camión que se había saltado un semáforo y que desde entonces la espalda le está matando. Le dice también, un poco avergonzado a pesar de ser incapaz de definir el término hipocondríaco, a pesar de ser incapaz de observar, como Uno, que le aterra salir del hospital y que vuelve a él como vuelven los fieles a su iglesia, que cuando cogió el coche después de una revisión, en el aparcamiento de ese mismo hospital, chocó contra un árbol, y que desde entonces tiene las rodillas destrozadas. Le dice que lo peor es levantarse de la cama. Que le duele todo el cuerpo cuando suena el despertador. Después, con el desayuno, toma unas cuantas pastillas y ya se le pasa. Se ríe inocentemente. Le dice que tiene que tomar pastillas a todas horas, que se sabe la secuencia de memoria a pesar de que es una secuencia muy complicada y hay que saber cuáles son los lunes, cuáles los martes, cuáles los miércoles, y así, y cuáles todos los días de la semana, dice, pero que las prefiere, las pastillas, a tomar morfina una vez al día porque la morfina es una droga. Y él no toma drogas ni se va de putas. Es lo que hay que hacer, piensa Uno.

El hombre le sigue hablando a Uno de sus miserias. Efectivamente, es una vida bastante miserable. Uno no puede evitar el sarcasmo interior. Uno quiere saber más sobre el hombre y le pregunta por sus aficiones.

A mí me gusta mucho cantar, dice. Iba todos los viernes a un karaoke. Era el mejor momento de la semana. Todos dicen que canto muy bien. Escucha,

Uno no puede creer que el hombre que hay a su lado haya empezado a cantar. Reconoce en el falsete a Camarón. Reconoce el esfuerzo, también, y le parece absurdo.

Claro, que ahora no puedo, dice. Esta maldita afonía. Camarón es un grande.

Uno piensa en Uno mismo y piensa en Kerouac y en su brindis y piensa que debería haber ofrecido el homenaje a los jóvenes adultos ajustados, a los viejos solitarios que no se van de putas, a las señoras que encajan sin problemas en el mundo y no ven las cosas de una forma diferente, signifique eso lo que signifique; y a los hombres que mueren convencidos de haber hecho lo que tenían que hacer y de que una vida un poco miserable era el precio que tenían que pagar para ser recompensados en algún momento, de alguna forma que temieron plantearse con la suficiente intensidad, una recompensa inexistente que se ha convertido en afonía y en un sinfín de pinchazos por todo el cuerpo acompañando la alarma del despertador y en una cantidad desproporcionada de pastillas, y en insatisfacción.

Uno querría brindar por todos ellos y se pregunta por qué, temiendo haberse puesto sentimental. No por la lástima ni por la ternura y ni siquiera por el desamparo que a esas horas y en las condiciones en que se encuentra le provoca la escena. Uno cree que es, simplemente, porque ya quedan pocos. Porque había demasiados rebeldes y locos en la fiesta de anoche. Porque estaban todos.

¿Y tú a qué te dedicas? Los jóvenes de hoy lo tenéis jodido. Y encima esto se ha llenado de inmigrantes y de putas y de ladrones y de corruptos y de sinvergüenzas. En mis tiempos este país era otra cosa. En mis tiempos sabíamos que si trabajabas duro saldrías adelante. Pero, claro, yo de esto no entiendo.

Uno baja del taxi y deja la copa de los locos en el suelo y le estrella de una patada en la pared y piensa que. Nada. No piensa nada, Uno.

Hasta que se atreve y piensa, malditos poetas.

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