Uno y la obsesión

por Uno

A Uno le gusta la imagen de los tipos que tienen una obsesión. A Uno le gusta imaginar la espiral que construyen.

Uno ha conocido a muchos tipos obsesivos a lo largo de su vida. De ellos, unos cuantos son amigos de Uno. No muchos, en cualquier caso, pero un número considerable en relación con el total las amistades de Uno.

Uno ha conocido a tipos obsesionados por el amor, que le hablaban de su obsesión como si la estuvieran seduciendo. Uno los veía elevar su obsesión con palabras que ya se sentían impotentes, alabarla, piropearla. Situaban su obsesión en la cima de una montaña que solo ellos podrían subir y miraban la montaña y les temblaban las piernas, pero eso no importaba. Tú estás arriba del todo, le decían a la obsesión por el amor, en un lugar terrible, maravilloso, devastador, y yo soy el único capaz de estar a la altura. Tú eres preciosa, le decían a la chica que conocían en la discoteca, y los demás te dejarán insatisfecha. En este contexto, el desencanto surgía por estar ya convencidos de que, por la mañana, intentarían no apuntar su número de teléfono. Pero eso tampoco importaba.

Uno ha conocido a tipos obsesionados por el convencimiento, que le hablaban de su obsesión como si la estuvieran imponiendo. Uno los veía demostrar su obsesión, afirmarse con ella, convertir su obsesión en garante de la veracidad de sus ideales. Uno los encontraba en una manifestación, agitando sus manos y agitando sus puños y agitando sus gargantas salvajemente, con la desproporción incontrolable que solo una verdadera obsesión puede otorgar. La poesía es un arma cargada de obsesión, piensa Uno que rezaban sus pancartas.

Uno ha conocido a tipos obsesionados por el dinero, que le hablaban de su obsesión como si la estuvieran especulando. Uno los veía tratar de dominar su obsesión, camuflarla, codiciarla con la mezquindad de quien se cree más listo que nadie; liberarla cuando ya les había rendido tantos beneficios que resultaba inofensiva. Se aliaban con la obsesión sin comprender que era más fuerte que todos ellos. Que la obsesión nunca les rendiría cuentas.

Uno ha conocido a tipos obsesionados por la música, que le hablaban de su obsesión como si la estuvieran componiendo. Uno los veía balbucear su obsesión, tararearla, buscar armonías para encorsetarla, dejarla escapar de las armonías, aterrorizarse o aprovecharse de las disonancias de su obsesión, pretender que mostraban con sus palabras algo más que sus palabras. Esperar el acierto como si no dependiera de ellos. La dejaban sonar y solo Uno se daba cuenta de que aquello era una sucesión de estridencias infumables. Que en la casa de Uno, saturada de música, nadie le presta atención a una fuga de Bach más.

Uno ha conocido a tipos obsesionados por la gloria, que le hablaban de su obsesión como si la estuvieran paladeando. Uno los veía colocarla en la punta de la lengua, saborear el vino de las recepciones, los canapés de las inauguraciones, la dignidad de rechazar los fastos sociales, el dulce goteo de noticias en las que aparece su nombre en letras cada vez más grandes, empalagarse de sí mismos. Uno ha visto el gesto contraído al sentir el regusto de amargura en las papilas posteriores cuando cerraban la boca y abrían los ojos.

Uno ha conocido a tipos obsesionados por la literatura, que le hablaban de su obsesión como si la estuvieran leyendo. Uno los veía pasar las páginas de sus autores favoritos y enumerar los libros que han leído ese mes, esa semana, esa misma tarde e interpretar cada nombre y cada título y soltar cada frase como si les hiciera un poco más diferentes, un poco más únicos, un poco más leídos.

Todos ellos, piensa Uno, le interesan. En algún momento de su vida, piensa Uno, los ha envidiado.

Por otra parte, Uno, a pesar de sentirse potencialmente dentro de cualquiera de estas categorías, a pesar de haber hecho estas categorías tan amplias como para que cualquiera pudiera reconocerse en ellas o inventara su propia categoría cuyo funcionamiento no será muy diferente; a pesar de lo fácil -y honesto, piensa Uno, por su necesidad de justificarse- que resulta permitir a cualquier Otro el reconocimiento y la actitud de no tomar partido que esto implica; por otra parte, decía Uno, reconoce que él mismo es alguien bastante obsesivo, y que su obsesión o la forma de hablar de su obsesión remite o copia a todas las obsesiones anteriores. Uno piensa que es un tipo obsesionado por la obsesión, es decir, por aquello que otorga sentido a las acciones de Los Otros. Y Uno, en su caso, habla de su obsesión como si la estuviera definiendo. Como si definir la obsesión fuera la forma de entender una época en la que cada individuo tiene su propio y absolutamente íntimo sueño y se reconoce en ese sueño y no sabe hablar de otra cosa que no sea de su sueño hasta el punto de que no sabe hablar de otra manera que no sea mediante la obsesión. Como todas las épocas, claro, piensa Uno.

Evidentemente, Uno supone que su obsesión por la obsesión no es más que el deseo frenético de encontrar algo que justifique su conducta, un centro en torno al cual hacer girar su espiral de palabras y su vida entera. Sin embargo, Uno se da cuenta también de que la obsesión es siempre un camino equivocado, un camino que parte del centro y que continúa dando pasos en falso descontroladamente precisamente porque no hay camino, porque todo lo que hay es un centro que nos atrae con una fuerza inexplicable e inmanejable.

Quizá es la obsesión de Uno, su deseo de anclarse al mundo, exactamente igual que el de los Otros, lo que le convierte en una verborrea incontrolable cayendo hacia el ridículo, lo que le desajusta, lo que le impide aceptar el mundo, lo que le enajena y desquicia. Es el deseo de situarnos, su intensidad, lo que nos descoloca.

Quién sabe. Esto es tan solo una vuelta más y a Uno siempre le han atraído los agujeros negros y los tornados y el agua de la bañera engullida por el sumidero. Siempre ha disfrutado como un niño en una montaña rusa.

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