Uno y la disfrutabilidad

por Uno

Uno, exactamente igual que Los Otros -porque Uno, en el fondo y en la superficie, en cualquier aspecto, es exactamente igual a Los Otros- tiene una preocupación básica, recurrente, absoluta. Esa preocupación es, piensa Uno, obligado a nombrarla, resistiéndose a hacerlo, temiendo desvirtuar cualquier cosa que diga a continuación, la felicidad (imposibilidad de), piensa, sin poder sustraerse de la influencia de los libros de autoayuda o de los filósofos franceses.

Uno, en principio, es alguien con una clara tendencia depresiva, al igual que la mayoría de los amigos de Uno. Uno recuerda multitud de cenas, una cena continua, el vino como catalizador del lenguaje y las emociones, los amigos dolientes de cada sobremesa, de la sobremesa continua, como auditorio, todos hipnotizados por Leonard Cohen de fondo, enfatizando la Desgracia de la generación de Uno, del país de Uno, de la economía, de la política, del mercado editorial, de la educación, de la democratización, de la Transición del país de Uno. Uno y sus amigos se maldicen por las propias contradicciones, por la ambición, por la frustración, por la mediocridad, por la ausencia de trabajo y la ausencia de sexo, porque, oh, Dios, oh, injusticia, treinta años después aún nos reconocemos en Janis Joplin cantando Summertime y deseando que el verano llegue y deseando que la vida sea fácil pero no lo es, y oh, Dios, gritamos que lo es porque no lo es, porque debería serlo, porque nos lo prometieron, porque nos estafaron, porque nos hemos estafado a nosotros mismos, etcétera, y ni siquiera tenemos referentes actuales para nuestra desesperación porque el mundo, lo sabemos, mantiene una irreversible y continua tendencia hacia la degradación y ya no hay nada que merezca la pena y somos nosotros mismos quienes hemos hecho que nada merezca la pena con nuestra risa sarcástica, amarga, escéptica, emponzoñada, con nuestra propia espiral celebratoria de la degradación y nos reímos de nosotros mismos solo para destruirnos a nosotros mismos y, oh, Dios, qué profundos nos volvemos, ¿verdad?, pero quién tiene miedo de la profundidad, quién tiene miedo pregunta alguien con las pupilas dilatadas y el regusto ácido en la garganta, pasto de las drogas sintéticas, pasto de su propio miedo y, oh, Dios, qué fácil es mitificar a los desesperados, qué tentador es llamar desesperado a quien utiliza las drogas de una forma tan evidentemente escapista, piensa Uno, para sentirse parte de la generación conducida por la desesperación hacia el escapismo, piensa, mientras la Desgracia se sigue cebando con los comensales borrachos y mientras una voz aparece, siempre aparece esa Voz, perteneciente a alguien que no toma drogas sintéticas, que sigue anclado a la sana marihuana, a lo natural, a lo sencillo, normalmente un invitado ajeno al grupo de amigos que señala, su Voz tímida o impositiva, que tiene la solución, dice, piensa Uno, Yo tengo La Solución, os voy a decir La Solución, Yo antes era como vosotros, dice la Voz, pero he descubierto que la vida es más sencilla, que hay que disfrutar de los pequeños placeres, que no puedes oponerte a los cambios ni a los conflictos, que tienes que asumir los conflictos y saber navegar en ellos, dice, Lo He Descubierto, dice, estoy por el buen camino, y todos los demás se mofan de la persona sana, sencilla y natural porque saben que la vida no es sana ni sencilla ni natural y afirmar lo contrario es engañarse a Uno mismo, piensa Uno conectando su pensamiento con el de todos los demás, dejando que su pensamiento desgraciado se balancee al compás del Everybody Knows de Leonard Cohen, pues todos saben lo ridículo que es proponer soluciones, proponerse como Solución, el Yo, la Voz, Mi vida es no solo perfecta sino ejemplar, aprended de mí, escuchadme dijo Jesús a sus discípulos y Uno, como Los Otros, ríe, ríe sin cesar, ríe con la carcajada del escéptico y la intuición de que, por alguna razón, están reñidas la inteligencia y la felicidad, la fe del carbonero, la alegría del idiota, la paz del perro pulgoso tumbado al sol, etcétera, que el razonamiento siempre lleva al pesimismo, que el pensamiento pesimiza la realidad desde el momento en que ninguno de los presentes aceptaría esa felicidad alcanzable, contextual, relativa, estúpida, ni tener nada que ver con Fernando Savater ni con Bernard-Henri Levy ni con Comte-Sponville ni con Montaigne ni con Aristóteles, en fin, ni con nadie que trate de construir al perfecto y responsable ciudadano, demócrata convencido cargado de urbanidad, de virtud y e término medio, espécimen insertado correctamente en sociedad civilizada; con nadie que niegue los excesos, la obstinación, la pasión, la felicidad absoluta, piensa Uno, que no acaba de comprender por qué razón Aristóteles es tan feo y Platón tan atractivo, y lo mismo para los siguientes, ni por qué solo cuando una idea le resulta atractiva permite que tenga un lugar en su batiburrillo de ideas o citas que soltar en una noche como esta, en la sobremesa continua de sus amigos donde siempre hay alguien que se deja en evidencia a sí mismo al proponerse como La Solución, el Mesías, y Uno piensa que una forma de clasificar a las personas podría ser: eje de abscisas, a la izquierda la tendencia a proponer recetas para la felicidad y a la derecha la tendencia a teorizar sobre la imposibilidad de la felicidad; eje de ordenadas: superior, tendencia a exteriorizar cualquiera de las tendencias anteriores; inferior, tendencia a callar cualquiera de las tendencias anteriores; una sobremesa continua de vaivenes entre los cuadrantes de la teoría social de Uno, y luego Uno piensa en la estupidez que acaba de pensar porque sabe que no hay forma posible, jamás, en ningún caso, de clasificar a las personas, etcétera, pero, piensa Uno, a estas alturas de la noche y a estas alturas del vino y la ginebra y Leonard Cohen poco importa la coherencia, etcétera, y ya se deja llevar Uno, como Los Otros, por la velocidad de la lengua y de la Desgracia, y por la tentación de la Desgracia y por la presunción de la Desgracia y por la Desgracia absoluta y por el llanto y el abismo y la carcajada de la Desgracia, oh, Dios, vaya panda de Desgraciados.

Uno se levanta de su cama. Hace cosas. Deja cosas por hacer. Habla con algunas personas, come, pasea, lee un libro, se ríe. Uno disfruta. Disfruta una barbaridad, Uno. No le sorprende a Uno su capacidad para disfrutar, pero cada vez le sorprende más que la capacidad de disfrutar pueda constituir una sorpresa. El tiempo pasa. Uno no sabe si Los Otros son felices, pero él cree que sí lo es y eso es todo lo que importa. No hay nada que no puedas soportar. Disfruta, Uno.

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