Uno y la rebeldía

por Uno

Uno reconoce que no es rebelde. Este hecho le genera diversos conflictos y enfrentamientos, enfrentamientos con Uno mismo.

Nada de lo que Uno diga será, nunca, una justificación. En ningún caso, lo que diga Uno a partir de ahora será una justificación de la no-rebeldía ni de la rebeldía. Uno busca motivos, no razones, no argumentos. Uno no tiene nada más que decir que aquello que se dice a Uno mismo. Uno solo trata de entenderse.

Uno quizá, sí, algún día, fue rebelde. Todo lo rebelde que se podía ser entonces, que es una frase, piensa Uno, que han venido repitiendo sin descanso el padre de Uno en sus recuerdos de los grises y el abuelo de Uno en sus recuerdos de la guerra, y el bisabuelo de Uno en sus recuerdos de la guerra anterior, y el tatarabuelo de Uno en sus recuerdos de cuando los romanos invadieron la península, etcétera. Todo lo rebelde que se podía ser entonces, piensa Uno, como forma de idealizar la adolescencia y de expiar la responsabilidad en el desastre que trajo la madurez. Poco importa esto, en cualquier caso.

Uno reconoce que no es rebelde. Cuando Uno era adolescente asociaba, como tantas otras cosas, la rebeldía con el simulacro de la rebeldía. La rebeldía con su póster del Che y sus discos de Johnny Cash y de Nirvana y sus libros de Bukowsky y de Boris Vian y de Henry Miller. La rebeldía con cualquier forma de desesperación. Con cualquier forma, finalmente.

Uno ha soñado el simulacro de las drogas, el simulacro de la soledad, el simulacro del anarco-sindicalismo, del punk, del grunge, del jazz, del misticismo, del Islam, del Budismo, del movimiento antiglobalización, del ateísmo, de la coherencia ética, de la incoherencia, de la tristeza, del dandy, de París, del Bronx, de Santiago de Chile, del humo negro de Las Vegas y del humo blanco de Tokyo, del artista vanguardista, de Trainspotting, Taxi Driver, la Naranja Mecánica, del buenrollismo, de la marginalidad, de la irracionalidad. Uno soñaba una adolescencia sin sentido o, mejor, contra el sentido.

El problema, piensa ahora Uno, es que cuando se encuentra con cualquier forma de rebeldía, Uno la identifica. Uno piensa que quienes ahora le parecen rebeldes también soñaron su forma específica de rebeldía y la llevaron a cabo de acuerdo a las normas. Normas éticas o estéticas o lo que sea. Por la calle Uno se encuentra con dandys y hippies y punkies y todo lo demás, y se encuentra con ideas dandys y hippies y punkies y todo lo demás, y si es capaz de clasificarlo significa que la rebeldía se quedó en una elección de frases y cazadoras con tachuelas o que la adolescencia dura toda la vida. Y el problema es, también, que mientras Uno se dedica a clasificar rebeldías se pierde las manifestaciones y las casas okupas y los paraísos hippies o psicodélicos y las ermitas de la montaña y los garitos en que hierve la rebeldía como si todo, en otra parte, estuviera a punto de saltar por los aires.

Años más tarde, piensa Uno, a pesar de que la cronología de la rebeldía no se ajusta totalmente con la cronología de su vida o de su adolescencia, Uno desembocó en soñar la rebeldía de Pessoa, de Tolstoi, de Kafka, de esos tipos que Uno imaginaba sentados delante de un folio todo el santo día, pensando,

hay que hacer lo que hay que hacer, pase lo que pase,

y Uno imaginaba que agotaban las horas de luz y las velas o el candil o cualquier otro soporte primitivo de iluminación y no se habían levantado de la silla y decidían que ya era hora de acostarse, resignándose a ignorar una noche más qué era lo que había que hacer. Pero, en fin, esto tampoco importa demasiado.

La rebeldía, a Uno, se le amontonaba en el rincón donde quedaban todas las personas ficticias que a Uno le habría gustado ser. Uno se decía que su rebeldía no podía, en ningún caso y por definición, ser como la de Otro.

Hace poco tiempo, Uno leyó un libro de un joven autor francés. Laurent Binet, el francés; HHhH, el libro. En él se contaba un episodio de la Segunda Guerra Mundial que Milan Kundera ya había interpretado antes. El episodio a Uno le resultó conmovedor; la interpretación, perturbadora. Una historia de nazis y judíos. La historia de un gueto en algún lugar de Europa Central al que los nazis enviaban a todos aquellos judíos a quienes no podían, simplemente, eliminar. Eran judíos molestos. Eran veteranos de la Primera Guerra Mundial, intelectuales, artistas, tipos famosos a quienes la prensa mundial echaría en falta y cuyo nombre en los periódicos era la señal de que los judíos seguían existiendo. Este gueto era algo así como el Disneyland de los guetos: cafés musicales, teatros, libros, sinagogas, comida, cierto bienestar. De todo tenían los judíos en aquel sitio. La única condición que se les imponía era dejarse ver de vez en cuando por los observadores internacionales que necesitaban alguna excusa para no meter a sus países, otra vez, en una guerra. Y sonreír.

Estos judíos eran la excusa. Y no protestaron por su condición de simulacro.

Acaba la guerra. Empiezan las culpas. La historia juzga a estos judíos felices que siguieron siendo felices a pesar de Auschwitz y las cámaras de gas. La historia: no os rebelasteis, no descubristeis el decorado que era vuestro barrio, la farsa que erais vosotros mismos. Para la historia, estos judíos no estuvieron a la altura de las circunstancias.

Y, sin embargo, dice Laurent Binet (que dice Milan Kundera) que esa fue su forma de rebeldía: no rebelarse. La forma de decirle a los nazis: nos habéis dejado sin nada, pero no os lo voy a reconocer. Por encima de todo estoy yo y mi pequeña felicidad de cafés judíos, música judía y comida judía y de levantarme cada día como si nada sucediera. Lo siento, Hitler, no eres el centro de mi vida, ¿sabes?

Uno piensa en este tipo de rebeldía. A Uno le parece que se diferencia de las demás en que no nace de la inconformidad con Uno mismo, sino de la afirmación; no del deseo adolescente de querer ser Otro sino del deseo, también adolescente, de querer ser.

Uno se dice: soy. Uno se dice: ¿qué soy?

Uno no sabe qué responder. Uno no está en un gueto de parque de atracciones ni Auschwitz queda por aquí cerca; tan solo está un poco perdido en un lugar que cada vez le gusta menos a pesar de que nunca ha sido capaz de dar una definición exacta de la injusticia. Sin embargo, Uno quiere ser, por encima de todo. Y, piensa Uno, estas incertidumbres le son propias. Eso es lo que debería afirmar, piensa: la desubicación. Eso, supone Uno, es lo que le mantiene rebelde, embarcado en alguna lucha. No. Eso es lo que mantiene la no-rebeldía de Uno rebelándose siempre contra sí misma.

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