Uno y la dignidad

por Uno

Uno, suele decir, disfruta viviendo representaciones. A Uno le resulta tentador volverse un personaje, reconocer extraños sus propios gestos, otorgarle a sus estados de ánimo un nombre preciso y falso. Pasear por la calle creyéndose un determinado paseante de la calle y ningún otro.

En realidad, piensa Uno, lo que sucede es que a Uno le satisface sentirse eficaz. Cumplir metas preestablecidas. Alcanzar objetivos. Uno se sentía a gusto, por ejemplo, cuando era estudiante y el profesor le tendía las preguntas del examen y el profesor le recogía las preguntas del examen y el profesor le otorgaba, por fin, las calificaciones para que Uno corriese a su casa y a su madre y a la proclamación de su ascenso a lo más alto del podio. Eso era lo que a Uno le satisfacía, piensa, más que el aprendizaje mismo: el rendimiento.

Uno también se sentía a gusto cuando trabajaba. Uno recuerda llegar puntual, recibir las tareas que el jefe de Uno le encargaba, cumplirlas en el momento exacto y recibir las felicitaciones. Uno se sentía más a gusto, incluso, porque las felicitaciones iban acompañadas no ya de números sobre el papel de las calificaciones, sino de números sobre el papel del dinero que, piensa Uno, se mire como se mire, es un papel de una naturaleza ciertamente peculiar.

Sin embargo, el ámbito en el que Uno se sentía más a gusto, piensa, era en el amor. Al menos, en las primeras etapas del amor, justo aquellas en que a Uno le entusiasmaba la remota posibilidad de que existiera, el qué. Justo aquellas en que Uno intentaba que existiera. En esas etapas, Uno se esforzaba en crear un pequeño mundo, un pequeño teatro, una pequeña representación inconsciente. Uno no conocía nada más cercano a la felicidad.

Es fácil, pensaba Uno en esos momentos, poseer dignidad. Uno solo tiene que responder afectivamente, efectivamente, emocionalmente, a lo que la otra persona espera de Uno. Uno solo tiene que averiguar qué espera la otra persona de Uno, algo que a Uno le provoca un placer casi delictivo o delicuescente o al borde mismo de algún límite ético, y ofrecérselo. Ser no un paseante cualquiera de la calle, sino ese determinado paseante que la calle reclama. Ser no una representación cualquiera, sino la representación indicada ante la espectadora correcta. La dignidad es no solo creerse amado o envidiado; la dignidad es saberse esperado.

A Uno le estaban esperando. A Uno ya se lo esperaban.

Ser recibido por quienes nos esperan, piensa Uno, de la manera exacta y predefinida en que nos esperan, piensa Uno, sin sorpresas, es lo que nos otorga dignidad. La dignidad es un retrato, una simplificación, reproducciones de John Wayne, de James Dean, de Frank Sinatra, de John Travolta sin fisuras ni estragos.

La dignidad es un sueño preestablecido.

La dignidad no envejece porque la dignidad es el lugar al que Uno se dirige, igual que la muerte no envejece. E igual que la muerte, la dignidad es solo una etiqueta, una calificación, una nota en el examen, una cesta de navidad, el cariño después del sexo. La forma de hacernos previsibles.

Uno empieza a perderse. A veces le sucede, a Uno, que sabe que ha llegado demasiado lejos. Entonces se detiene, intenta hacer pie y se descubre nadando en las aguas oscuras de las abstracciones. Uno se gira y comienza a dar brazadas hacia la orilla.

Uno recuerda que la idea que lo atormentaba hace un rato era que se sentía más eficaz cuando los objetivos se los marcaba Otro que cuando lo hacía Uno mismo. Cuando le decían tienes que estudiar, Uno; tienes que trabajar, Uno; tienes que amarme, Uno, y le ahorraban a Uno la engorrosa tarea de decidir qué hacer. A Uno no le gusta esa sensación.

Y Uno recuerda que había asociado esa actitud de autodesprecio con el desprecio que siente últimamente hacia ciertos individuos, llamados periodistas, articulistas, intelectuales, a quienes Uno les lee opiniones sobre todos los temas, todos los días.

Bien, Uno no desprecia a los periodistas. Uno está a punto de decir que los aborrece, pero tampoco, dado que lo único que Uno aborrece es el gatillo fácil del odio, la pose de la boutade de la autoafirmación, el ènfant terrible egotista necesitado de ocurrencias, ese individuo que dispara contra el lenguaje y contra el mundo porque piensa que la vida es su campo de tiro.

Uno nunca ha pisado la redacción de un periódico. Uno espera no tener que hacerlo. Uno ha leído estos días artículos de opinión sobre la huelga y las manifestaciones y los disturbios y el malestar y lo de culo que va el país. Uno ha leído adscripciones a la lucha de clases a periodistas que el milenio pasado redactaron la nota de defunción de la lucha de clases; Uno ha leído elogios de los sindicatos a periodistas que el mes pasado proclamaron la inoperancia y obsolescencia de los sindicatos; Uno ha leído alabanzas al compromiso social a periodistas que dos días antes se enorgullecían de su individualismo. Vivimos en el Siglo XXI, decían, como si ya el siglo les hubiera dictado su sino. Uno piensa en Sánchez Ferlosio y en Vendrán más años malos y nos harán más ciegos y en la tiranía de la Historia Universal; SF decía algo como:

la frase “hay que estar a la altura de los tiempos” me recuerda a servilismo, al temor rastrero a ponerle a los tiempos una mala cara,

y Uno piensa cuánto más servil es estar a la altura del instante en que pare su evangelio la pluma de estos intérpretes reales. Cuánto más servil, escribir cada día a favor del día. Ser opinador en un periódico es como empujar un coche cuesta abajo, piensa Uno. Como jugar con las cartas marcadas.

Uno se reprocha esta amargura. Lo cierto es que Uno, como los periodistas, también responde al signo de los tiempos -o de los profesores o de los jefes o de las mujeres- y ha tratado de hacer lo que alguien distinto a Uno esperaba de él. Los periodistas, como Uno, esperan que Otros les marquen los objetivos y que esos mismos Otros les califiquen su eficacia.Ellos lo llaman índice de ventas. Ellos lo llaman, también, dignidad. Uno piensa que la dignidad nunca va contra el signo de los tiempos y que por eso los periodistas tienen silla fija en el plató de televisión y su nombre en mayúsculas en las páginas centrales. Los periodistas, como Uno, crean cada día el pequeño mundo que Ella desea.

Pero no. No lo sabe, Uno. A Uno le molesta él mismo, no los periodistas. Porque Uno, de repente, se queda sin estudios, sin trabajo, sin amor y no sabe ante quién responder, para quién actuar. Uno descubre que al perder a sus evaluadores ha perdido también la autoestima, la eficacia, la dignidad. Ella quería a John Wayne, se dice, a Frank Sinatra, a James Dean, a la dignidad en persona, al señor de todas las dignidades, al opinador al servicio del tiempo de Ella. Pero Uno es solo Uno. Uno más. Mientras tanto, los periodistas siguen ahí, pontificando como apóstoles mercenarios al servicio del tiempo que mejor les pague.

Uno empieza a buscar sus propios objetivos. Uno ya no quiere el reconocimiento de nadie. Uno piensa en Robert Walser y en Jakob von Gunten. A Uno le gustaría ser humilde, humilde hasta la indignidad total.

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