Uno y la racionalidad

por Uno

No cuando Uno pisa la calle por la mañana ni cuando Uno responde a las preguntas que los extraños le formulan y ni siquiera cuando Uno está en el hospital, sino un poco antes, por ejemplo:

cuando Uno se pregunta el motivo para salir de casa, cuando Uno imagina respuestas apropiadas a posibles preguntas de extraños, cuando Uno desea estar en el hospital para demostrarse el valor;

o un poco después, por ejemplo:

cuando Uno se dice que no debería haber salido así de casa, cuando Uno descubre una respuesta mucho mejor -más aguda, más enternecedora, más lasciva, más espontánea– a la interpelación que un desconocido le acaba de hacer, cuando Uno lamenta haberse comportado cobardemente ante la enfermera del postoperatorio que ha logrado compadecerse de Uno. En esos momentos, piensa Uno, de preparación o de irreversibilidad, Uno se maneja con conceptos.

Uno se maneja con conceptos más que con ¿con qué?

Uno se pregunta qué significa esta suerte de reproche que viene haciéndose habitualmente. Uno piensa, en primer lugar, que no es del todo cierto. Dejando esto al margen, Uno piensa, en segundo lugar, que está relacionado con la idea de estar a la altura, sabiendo que aquí se encuentra una forma arcaica y totalmente obsoleta de estoicismo. Uno piensa, por último, que no es que se maneje con conceptos, o no solo, sino que se acusa de hacerlo. Eso es lo más importante, piensa Uno, no la acción sino la interpretación, y piensa que, en el fondo, consiste en una actitud demasiado rígida en la concepción de Uno mismo y en una exigencia inasumible en el preciso momento en que esta debería cumplirse. Uno piensa esto sentado en una camilla, desnudo bajo la bata liviana. Uno se esfuerza en pensar que el mundo no tiene por qué responder a sus exigencias. Sin embargo, Uno intenta que Uno mismo sí responda a sus exigencias. Poco después regresa la enfermera, le pregunta a Uno cómo se encuentra y Uno tiene ganas de llorar.

Uno se maneja con conceptos. En cierto sentido, eso quiere decir que Uno realiza un análisis situacional, que identifica los problemas a resolver, que selecciona la teoría válida y que intenta trasladarla a la realidad.

El problema, por tanto, es qué entiende Uno por teoría. No es la teoría de la relatividad ni la teoría de la evolución ni las matemáticas euclidianas, sino la teoría del sexo, la teoría de la moda, la teoría de la comunicación, la teoría de la personalidad, etcétera. Todo el comportamiento social y su orientación hacia la felicidad y el conocimiento generado a partir de experiencias individuales e intraducibles y el conocimiento generado a partir de comportamientos literarios, ficticios, inexactos, etcétera. Uno, entonces, piensa que el hecho de que él se maneje con conceptos debe ser una consecuencia de que la vida entera se haya vuelto teorizable.

Uno piensa en dos conceptos.

Uno piensa en Montaigne para pensar esos dos conceptos.

Montaigne, a Uno, le aburre. Uno, por inconstancia o por inconsistencia, no es capaz de mantener el empeño necesario para leer los Ensayos con calma. Uno encuentra en ellos una lucidez demasiado sosegada, estable, falta de temblor en ese punto débil y precavido en el que se sitúa. Una lucidez inalcanzable por sistemática. Sin embargo, Uno no deja de intentar leer a Montaigne porque muchos de los autores que a Uno le gustan son autores apasionados por Montaigne, un tipo que jamás habría sentido pasión por ningún otro autor y habría despreciado ese tipo de pasión como una debilidad egocéntrica, etcétera.

Uno piensa, especialmente, en Bernhard, pero Uno también piensa en Nietzsche, en Schopenhauer, de quienes Uno se abstiene de comentar nada porque solo los ha leído escasamente y ni siquiera está seguro de que les apasionara Montaigne. Sin embargo, en la cabeza de Uno sucede así y de lo que sucede en la cabeza de Uno es todo de lo que Uno puede hablar.

Uno piensa que Bernhard habla de un conflicto que le interesa, el conflicto que nace del concepto de la racionalidad instrumental. La racionalidad instrumental es, en la cabeza de Uno, un tipo de pensamiento orgulloso de sí mismo, que se considera capaz de dar respuestas efectivas a cualquier problema. La racionalidad instrumental es, en la cabeza de uno, manejarse con conceptos. Un tipo de pensamiento que consiste en elaborar una teoría y someterla a experimentos para comprobar su validez. Aplicado a lo que a Uno le interesa, la racionalidad instrumental es la tentación o la tendencia al orden, la tentación o la tendencia a entender que los agentes externos solo pueden afectar a Uno superficialmente y pensar, con cierta superioridad, que yo puedo con ello, que yo sé cómo solucionarlo, que es de mi cabeza de lo que estamos hablando, oiga.

Uno piensa en novelas como Tala, como Maestros Antiguos, como Corrección y piensa que, al final -es decir, en las últimas páginas- en todas ellas emerge el conflicto de manejarse con conceptos, la inutilidad de empeñarse en construir un edificio en forma de cono y de empeñarse en construir un edificio teórico en el que encasillar la vida entera. Más o menos. Todo, para descubrir la imposibilidad de tal edificio y que la vida no encaja, y ahí todos sus complejos, su melancolía, su revelación, y oh, dios, cómo no me he dado cuenta antes.

Uno entiende que a Bernhard le apasionara Montaigne. En la cabeza de Uno Montaigne representa el otro concepto al que Uno viene dándole vueltas últimamente: la racionalidad convencional. A Uno le gusta el nombre. Le gusta que, al leerlo, la racionalidad convencional parezca un tipo de racionalidad peor, porque Uno considera que la racionalidad convencional es un tipo de racionalidad aún más orgullosa de sí misma que la anterior. Consiste (cree Uno) en la posibilidad de que la aceptación se adelante al pensamiento. Es decir (cree Uno), en la capacidad para incorporar a Uno mismo los agentes externos en su justa medida y sopesarlos y saber que son inevitables y olvidar cualquier intención de modificarlos o analizarlos o de considerarlos superficiales o desmesurados. Todo ello, manteniendo la estabilidad emocional y la conciencia de las propias contradicciones.

Uno está intentando no terminar parodiando este discurso a pesar de que, al no hacerlo, corre el riesgo de pensar a Montaigne de la misma forma que lo piensan los escritores de los libros de autoayuda, si es que existen, y que es una devaluación de Montaigne, a quien, a pesar de considerar aburrido, Uno guarda un sincero respeto.

Para Uno, la racionalidad convencional sería la forma de no manejarse con conceptos y de que su estancia en el hospital se hiciera más corriente, a pesar de darse cuenta de que la racionalidad convencional es también un concepto. En cualquier caso, Uno continúa.

Uno considera que la racionalidad convencional es algo de lo que siempre presumen Los Otros y, sin embargo, es algo que Uno no logra aplicar en sí mismo. Uno, que no se considera alguien único, considera que esta apreciación no es real y que se debe únicamente a sus pésimas dotes de observador. Los Otros también, se repite Uno constantemente. Al fin y al cabo, Uno considera que es imposible resistir la tendencia o la tentación al orden, por mucho que Los Otros se esfuercen en demostrarle a Uno su estabilidad emocional y su racionalidad convencional y su perfecta adaptación mutante a un mundo mutante.

Uno piensa en quienes, como él, devoran a autores como Bernhard, problemáticos, un poco ridículos, totalmente risibles con su enorme edificio y su Gran Monumento en forma de Cono. Uno piensa que debe ser una especie de error generacional admirar a quienes son conscientes de carecer de la racionalidad convencional que, a su vez, admiran a quienes la poseen. Uno piensa que sería más lógico admirar directamente a tipos como Montaigne. Pero, en fin, piensa Uno, mirando sus pies fríos envueltos en bolsas de plástico, esto es solo una teoría y hay cosas peores por el mundo.

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