Uno y Cero

por Uno

Uno es joven. No solo eso. Uno tiene conciencia de ser joven de una forma absoluta, no relativa, no respecto a otros. Uno considera siempre, lo admita o no, que se encuentra de viaje, en el camino hacia algo. Incluso cuando Uno afirma estar disfrutando de la vida, recogiendo los frutos, satisfecho con sus metáforas rurales como si lo reconciliaran con alguna posibilidad ajena, en esos momentos también sabe que, en el fondo, solo está esperando la próxima etapa, la verdadera. Aquello que Uno llama la vida, que es justo lo que vendrá un poco después, el próximo fin de semana, la próxima entrevista de trabajo, el año que viene, cuando tenga un hijo, sus últimas palabras. Uno siempre vive para. Uno descubre que aquello a lo que él llama la vida no es otra cosa que la esperanza.

Uno es joven. Uno aparece con cierta frecuencia en las discotecas de la ciudad de Uno y aparece con menos frecuencia en otro tipo de recintos sociales de la ciudad de Uno. Uno ha llegado a considerarlo una rutina, casi inconsciente, inmotivada. De la misma manera inconsciente e inmotivada, Uno emplea gran parte del tiempo que pasa en discotecas girando alrededor de Uno mismo para observar y catalogar mujeres, buscando el deseo. Uno sale de fiesta y mira a mujeres con la misma extraña voluntad carente de voluntad con que prepara tres comidas al día, se acuesta de noche y se levanta por la mañana. Con cierta irracional normalidad.

Uno se ha dado cuenta de que las mujeres que le atraen suelen ser mayores que Uno, es decir, mujeres que carecen del tipo de juventud que Uno se atribuye a sí mismo. Son mujeres que parecen haber completado el viaje en el que Uno se ve cada día. Son mujeres que le parecen definidas, mujeres que ya han llegado al para que las esperaba. Contornos precisos, límites, respuestas, última estación. Uno se pregunta por qué le atraen esas mujeres.

Uno quiere evitar hacer cualquier referencia al complejo de Edipo. Uno puede entender de qué hablaba Freud, cuál es la carencia de ciertos hombres que orienta su deseo hacia mujeres que se configuren como una proyección materna y también la posibilidad de identificar a cualquier mujer con la propia madre, lo que invalidaría parte de la teoría si no fuera porque esa identificación es también otra forma de entender el complejo de Edipo. El problema, piensa Uno, es que él no conoce cuál es la exacta configuración del deseo de Los Demás y, por tanto, la generalización le parece una argumentación lógica bastante débil; Uno sólo puede intentar comprender su caso particular y, piensa Uno, no siempre con éxito.

Uno encuentra en esas mujeres cierto alivio. Un reposo, una meta. Mientras gira alrededor de sí mismo, Uno se imagina, por ejemplo, tumbado en la cama de esa mujer, descansado, casi ingenuo, acariciando cierta felicidad. Una felicidad de sábanas cálidas y liquidez y el aroma preciso de un ambientador escondido. Una felicidad relacionada menos con la plenitud que con la placidez. Uno se imagina su propia silueta impresa en esas sábanas, como si fuera la última pieza de un puzle.

Uno, al que le cuesta imaginar nada sin buscar referentes, que en sus momentos débiles no desea tanto escenas como escenarios, recuerda multitud de novelas, películas, poemas en los que un hombre joven se enamora de una mujer mayor. Uno trata de identificarse con los protagonistas. Uno es incapaz de hacerlo porque en cualquier novela, película, poema, el protagonista se encarga de individualizar de todas las formas posibles a la susodicha. La hace especial: oh, su experiencia, dice; oh, sus artimañas; oh, su sabiduría, su picardía, su expresividad; oh, la belleza latente intimidándole desde la mundanidad y la decadencia. Uno, sin embargo, girando sobre sí mismo en la discoteca como un palurdo, está muy lejos de pretender individualizar a ninguna de esas mujeres porque lo que le seduce a Uno de la escena que acaba de imaginar no es la propietaria de la habitación, sino Uno mismo, el invitado que reposa en ella.

Uno piensa entonces en Roberto Bolaño, uno de esos escritores que ha logrado situarse al final de las sinapsis neuronales que se producen cuando los tipos de la generación de Uno piensan en ellos mismos. Uno piensa en particular en una de sus conferencias, Literatura + enfermedad = enfermedad, y en una de esas conclusiones categóricas que escondía lejos del final del párrafo para que nadie se diera cuenta de que estaba concluyendo algo. Uno recuerda, los libros son finitos, los encuentros sexuales son finitos, pero las ganas de leer y de follar son infinitas; sobrepasan nuestra propia muerte, nuestros miedos, nuestra esperanza de paz. Qué cabrón, Bolaño, piensa Uno. Esperanza de paz, piensa Uno.

En esa conferencia Bolaño hablaba de su enfermedad, de su madurez, del cansancio que le tentaba, y ofrecía su conclusión vital contra el descanso del guerrero: es imposible no seguir luchando. Aplausos del auditorio, supone Uno. Es imposible dejar de escribir, decía Bolaño, o lo que fuera, a pesar del sinsentido, o lo que fuera. Uno piensa que eso debe de ser lo que le atrae de las mujeres definidas y realizadas que encuentra en las discotecas, eso contra lo que Bolaño oponía alguna glándula o cromosoma interno que le hacía, irremediablemente, querer ser; querer ser escritor, supone Uno. Uno encuentra en esas mujeres que le parecen encontrarse al final del viaje una esperanza de paz. La desaparición de las tribulaciones. La disolución de Uno en el magma de las sábanas cálidas de las habitaciones en las que las maletas están bien escondidas en el altillo, no vaya a ser que a la mujer se le ocurra empezar el viaje de nuevo. Eso es lo que le seduce a Uno: el Cero.

El cero, la irrealidad de todo, la vanidad de todo, los poemas de José Corredor-Matheos en su periplo por la sabiduría oriental, ese nihilismo que consiste no en reducirlo todo a la nada sino en ser tan sabio, tan venerable, como para poder afirmar sin sonar pedante ni idiota que todo es nada. Así, de entrada. La nada es el fruto constante de mi meditación, leyó en Omar Jayyam, de quien Uno envidia hasta el nombre, hasta la barba blanca, la grandilocuencia y el trono vacío.

Uno vuelve a casa de madrugada, solo, con su esperanza intercambiable del Cero sustituida por el mareo que le ha producido tanto girar sobre Uno mismo, tanto seducirse por Uno mismo. Uno, por supuesto, es incapaz de llegar a ninguna conclusión en ese estado.

Sin embargo, poco después -y Uno va a decir esto a pesar de lo pretencioso que le resulta apropiarse para su historia personal de Bolaño y José Corredor-Matheos y del pobre Omar Jayyam, disuelto ya en su nada con su trono vacío, su barba blanca, su sabiduría y su grandilocuencia-, Uno conoce a una chica, joven, tan joven como Uno, tan en proceso como Uno, y empieza a compartir conflictos con ella y cambia el escenario proyectado de las sábanas cálidas por escenas de noches insomnes debatiendo alrededor de esa incertidumbre que a ambos les produce estar metidos en viajes absurdos que no hay forma de conjugar, que los alejan. Uno se apasiona. Uno aparca su deseo de liquidez y el sueño del Cero y se descubre a sí mismo problemático, más incansable que descansado, afilado.

Uno no cree en el deseo de la literatura como forma de vencer la tentación de los oasis, la quietud, el aburrimiento. Uno no cree en el deseo del sexo, tampoco, ni en la excitación que provoca esa juventud enfrascada en vivir preparándose para. Uno no cree en el animal de ciudad ni en el animal de campo; en el asfalto ni en las praderas; en la voracidad ni en el retiro espiritual. Uno no cree que Bolaño tuviera razón ni que no la tuviera. Uno, en el fondo, ni siquiera se cree sus dulces esperanzas de inacción, de inapetencia, de descanso. Uno, en el fondo, sabe que si en algo se puede creer es en lo que surja en un sofá incómodo en torno al fuego de las incertidumbres, donde Uno está obligado a actuar sin recurrir a sus esperanzas de la nada, donde Uno no va a durar demasiado.

Uno no cree que el deseo de follar o de leer sea infinito. Uno no cree que ningún deseo lo sea. Sin embargo, piensa Uno, mierda, piensa, se le parece, y es lo más idiota, humano y mediocre que Uno conoce.

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