Uno y el desplazamiento

por Uno

Uno ha alquilado una habitación en una zona de una ciudad plagada de bares. Uno reconoce que la zona en la que vive es especial porque en ella solo tienen cabida bares para gente joven. Uno no tiene inconveniente en reconocerle a esa zona cierta idiosincrasia. Uno ha escuchado calificarla como moderna. Como alternativa. Como cosmopolita, y si Uno mantiene la cursiva de los adjetivos no es porque pretenda apropiarse el tono fanático de quienes adoran esa zona ni el tono irónico de quienes la adoran a pesar de los adjetivos, sino porque le gustan las palabras en las que se produce esa tensión.

Uno conoce a mucha gente en los bares de la zona en la que reside Uno. Son gente atractiva. Hablan de forma atractiva. Uno no quiere regodearse en ningún complejo de inferioridad, Houllebecq, etcétera; Uno simplemente quiere dejar claro que esas personas con las que se encuentra en los bares suelen atraerle. Uno cree que la mejor forma de resumir esa atracción es con el término adaptación. Uno cree que son individuos posibilitados para la adaptación. Uno cree que ese es un rasgo importante de su carácter. Ese es un tipo de inteligencia, recuerda Uno. Uno no los envidia, no los desprecia, no los admira. Uno está demasiado enfrascado hablando con Uno mismo como para envidiar, despreciar o admirar a nadie que conozca en un bar. Uno está demasiado enfrascado intentando entenderlos.

Muchos de estos jóvenes no han nacido en el país de Uno. Otros sí lo han hecho, pero han viajado por todo el mundo. Uno les oye hablar a menudo de todo lo que han conocido / vivido / crecido interiomente / follado a lo largo de sus periplos.

Uno piensa en la sencillez que parecen demostrar, y piensa en aquello de Céline, tipos a quienes la felicidad les resultaba tan fácil como respirar mientras ellos continúan hablando, mostrándose, demostrándose a sí mismos, y Uno nota cierta soberbia y nota que están tan convencidos de tener razón, todos juntos, que se erigen en modelos de conducta y le acaban exigiendo a Uno que adopte su vida, que lleve a cabo su propio desplazamiento, a poder ser exactamente igual que el de ellos, para romper los nexos. Sin embargo, ellos parecen tenerlo todo bien atado. “Es fundamental en el mundo en que vivimos”, dicen. “A mí me ha cambiado la vida”, “necesitas conocer mundo, culturas, países, gente”, etcétera, hasta que consiguen que Uno preste atención a la voz que le llega por el oído derecho.

La terminología que Uno utiliza para esta alternancia auditiva no tiene nada que ver con opciones políticas, sino con opciones, piensa Uno, de afinidad. Con la predisposición que muestra Uno en determinados momentos para dejarse atraer por alguno de los dos abogados que suelen confluir en los debates internos de Uno. De hecho, a Uno las opiniones ideológicas suelen entrarle por un oído y salirle por el otro.

En los bares de la zona de Uno se da cita de forma simultánea otro grupo de jóvenes. Estos le parecen a Uno más apesadumbrados, lejanos. Pueden pasar desapercibidos frente a la lujuria viajera de los anteriores pero el intento de convencerle, si bien en el lado contrario, es el mismo. Uno escucha el tono derrotista con que le hablan de lo absurdo del viaje, de un sinsentido que, finalmente, parecen extender a cualquier acto. “Los otros viajan solo para demostrar que han viajado”, dicen. “No buscan vivencias sino postales, no destinos sino relatos”, “en esta vida se puede ser de todo menos turista”. Hay amargura en la conversación.

Uno tampoco admira ni envidia ni desprecia a este segundo grupo que asalta su oreja derecha. Uno siente el mismo respeto y la misma distancia de los convencidos que de los descreídos.

Uno también ha viajado por el mundo. Ha viajado para hacer turismo y reconoce la estupidez del turismo. Ha viajado para quedarse y reconoce que nunca resulta como se lo habían contado; que, en realidad, nada cambia demasiado, que él no ha cambiado. Uno también siente el deseo de irse de su país y reconoce el para qué sincero que parpadea en su cabeza; la insensatez de esperar una solución para sus problemas que surja de un nuevo escenario y no de Uno mismo.

Entonces, deseando sintetizar de alguna manera las frases que oye a su izquierda y las que oye a su derecha, resolver el conflicto, Uno piensa en Claudio Magris y El Danubio y en una frase de la primera página. Moverse es mejor que nada, dice. Uno piensa que ir todas las noches a los bares de la zona de Uno a gritar opiniones es nada. Uno piensa que la nostalgia impositiva de aquella pequeña terraza de Praga o de Viena o de Singapur donde X conoció a la mujer de su vida es nada, que el cinismo contra quienes recuerdan aquella pequeña terraza de Praga o de Viena o de Singapur es nada. Uno piensa que Magris inaugura una nueva posibilidad para el nomadismo, que es la forma de moverse de quienes no creen en nada ni descreen de nada, aquellos que, como Uno, solo están seguros de que es bueno levantarse cada mañana, mirar por la ventanilla del tren y observar el paisaje.

Anuncios