Uno y la autoconciencia

por Uno

Uno -y cuando Uno se refiere a sí mismo como Uno está hablando, en realidad, de Los Demás, o de la capacidad de Los Demás para referirse a ellos mismos como “Uno”- reconoce que no es un gran observador. No un observador penetrante, en cualquier caso, piensa Uno.

Uno, por ejemplo, podría clasificar a sus conocidos en función de aquello que les emociona. Podría establecer varios grupos y otorgarles una etiqueta y anotar el objeto emocional que comparten. Uno es capaz de observar lo común de sus conocidos.

Uno ha visto en las paredes de las habitaciones de sus conocidos frases de poetas, pósters de películas, estribillos de canciones de moda. Uno ha visto a Pessoa colgado como en una cuerda de tender, Uno ha visto a Amélie colgada, a Kafka colgado, a Morrison y al Che Guevara colgados. Uno ha visto la literatura, el cine, la revolución apropiadas, aireadas como estandartes en las habitaciones de los conocidos de Uno.

Así pues, lo que les une, piensa Uno. Uno les ha oído hablar de esos nombres con una pasión que solo puede proceder del reconocimiento, de la identificación, les ha visto entregarse con placer y furia y dolor a esa pasión. Uno les ha visto Creer. Uno hablaría, por ejemplo, de cómo entra en Youtube para ver los comentarios bajo los vídeos y se encuentra con la sobrecarga emocional provocada por cientos de usuarios convencidos de que esa canción, como ninguna otra, habla de ellos mismos, les pertenece. Uno hablaría de todo esto, elaboraría alguna teoría, acabaría concluyendo con un deje derrotista que su generación selecciona pasiones en vez de inventarlas, que se define por sus elecciones, Facebook, Me gusta, Necesidad de comunión, etcétera. Pero Uno evita llegar hasta ese punto porque le resulta pretencioso cualquier acercamiento teórico al tema y porque está íntimamente convencido de que no posee todos los datos necesarios.

Uno ha observado que sus conocidos comparten el reconocimiento. Sin embargo, Uno, que no es un observador penetrante, no logra comprender de qué forma les emociona. Cuál es la manera exacta en que sus conocidos se reconocen en la idea que les resulta brillante -reveladora, incluso-; cómo, al leer ese verso que cuelga en la pared, el conocido de Uno comienza a Temblar. A Uno le resulta indescifrable. Uno sabe que éste es su fracaso. Uno solo puede observar lo común, nunca lo individual.

Pero, si bien Uno no es un gran observador de Los Demás, sí que se considera un buen observador de Uno mismo. Un analista. Uno conoce aquello que le hace temblar, pero conoce, además, la forma en que Uno tiembla y la razón por la que Uno tiembla. Uno se considera un individuo bastante autoconsciente. Uno es consciente, incluso, del orgullo que le provoca ser consciente. Uno es consciente, incluso, de que en contra de la opinión de su psicólogo, la autoconciencia le paraliza, y del nuevo orgullo que le provoca esta conciencia añadida. Y así hasta el infinito.

Por ejemplo, algunas noches Uno se deprime. Uno es consciente de los motivos que le conducen a este estado psicológico. Es consciente de los motivos inmediatos, Uno no encuentra trabajo, a Uno lo ha dejado su chica, y de los motivos profundos, cierta tendencia a la melancolía provocada por una educación de tradición idealista, falta de capacidad de adaptación a un mundo donde no parece ser necesario, excesiva dependencia de la mujer mencionada, y de cómo todos ellos se reducen a lo que su psicólogo llama “el desajuste entre la imagen pública y la imagen privada de Uno mismo”. Es la base del delirio, dice el psicólogo de Uno. Uno es consciente incluso de que existe una corriente literaria basada en ese desajuste, y de cómo se ha convertido en un referente para el reconocimiento.

Uno piensa en Don Quijote y en lo manido que está pensar en Don Quijote. Uno, por supuesto, no puede dejar de notar que Don Quijote estaba loco y que el 99 % de las personas que se reconocen a sí mismas en Don Quijote no lo están, de la misma forma que el 99 % de las personas que se declaran bipolares, depresivas, histéricas, con síndrome de Flaubert o víctimas de cualquier otra psicopatología reconvertida en referente generacional, son individuos perfectamente sanos cuyo único problema es la propensión a la racionalización y a la clasificación de la identidad. De la misma forma, en fin, que Uno.

Uno es consciente también de lo que para él supone la depresión, y de la vergüenza que siente al reconocerse deprimido cuando su sentimiento es tan mediocre que ni siquiera debería tener un nombre, y del placer enfermizo de regodearse en la depresión, y de qué tópica es la frase “placer enfermizo”, y de la inutilidad de reconocer el tópico una vez que se ha formulado, y de cómo todo el camino emprendido por Uno para profundizar en su depresión solo le lleva a las profundidades de la depresión, a un lugar que no es ni más oscuro ni más luminoso, sino más disgregado, descompuesto en miles de partículas de autoconocimiento. Un lugar donde Uno acaba por destruirse a sí mismo.

Cuando Uno le plantea estas cuestiones al psicólogo de Uno, este le responde que la autoconciencia es positiva, es el primer paso, le dice, pero no es suficiente. Que necesita Creer, le dice el psicólogo de Uno. Necesita Fundar algo, comenzar un Proyecto, tener un Propósito para levantarse cada mañana. Uno es consciente de que esto es cierto. Sabe que, si él fuera psicólogo, o si uno de sus conocidos le dijera que se encuentra deprimido, le haría la misma recomendación. Sin embargo, a Uno le cuesta Creer.

A Uno le cuesta Creer. Uno piensa que esto es erróneo. No sabe si le cuesta Creer, y en cualquier caso no importa, se dice. Uno considera que el problema reside un poco antes. Le cuesta Creer porque no desea Creer, piensa Uno. No quiere convertirse en un Creyente más, como sus conocidos, de cualquier religión cultural o vital o moral o deportiva. O propiamente religiosa, piensa Uno para hacer la Fe aún más solemne y más ridícula. No quiere ser parte de ese fervor inexplicable que une al individuo con un credo que no merece tanta intensidad, que no merece ni siquiera ser tomado en serio.

Además Uno se imagina que, si intentara Creer partiendo de la autoconciencia, de esta precisa autoconciencia sobre el rechazo a Creer, cualquier selección sería arbitraria; cualquier fervor, falso.

Uno piensa entonces que ha llegado a un punto sin retorno. Piensa Uno que ha encontrado una paradoja en su interior porque Uno, como Los Demás, es perfectamente consciente de que la Fe tiene poco que ver con la autoconciencia y, sin embargo, es perfectamente consciente también de que todo lo que él desea en la vida es Temblar. No Creer. Temblar, piensa Uno, de una forma tan única, tan íntima, que pueda mandar a tomar por culo la fe y la autoconciencia. Temblar cuando una Idea, cualquier Idea, le resulta tan clara -tan reveladora, incluso- que se convierte dentro de Uno en Emoción. Pero Uno, a pesar de toda su autoconciencia, no sabe cómo conseguir eso sin Creer. Uno no tiene la más remota idea.

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