Uno y la política

por Uno

Uno piensa últimamente en el capitalismo y en el liberalismo. Uno, últimamente, no piensa en otra cosa.

Uno lee los periódicos, se traga los telediarios, coincide en sus horas de desempleo con las tertulias de analistas políticos. Y Uno trata de entender lo que sucede. Uno no tiene nada mejor que hacer.

En la televisión de Uno suele aparecer, delante de cientos de micrófonos con ladinas intenciones, un señor con barba que a Uno le recuerda al peor profesor que ha tenido. Ese señor con barba podría haber sido un señor cualquiera, un pastor de cabras, un químico, un camarero, un vago. Pero resulta que ese señor con barba es el presidente del gobierno.

Uno se pregunta de qué gobierno y piensa en el azar que le ha llevado a nacer precisamente en el país de Uno y en el azar que ha unido su suerte a la de ese señor con barba que resulta ser el presidente del gobierno del país de Uno. Uno, entonces, no puede evitar maldecir.

Uno ha visto muchas veces al señor con barba. Por algún mecanismo cerebral, Uno lo asocia con las caricaturas que le hacen en su periódico habitual. Uno piensa en hombres gordos, poderosos, religiosos, despiadados. Uno piensa en la maldad que rezuma del puro de todos ellos. A Uno le causa malestar esa simplificación.

Uno mira la barba articulada del señor con barba, escucha las palabras barbadamente sibilantes del señor con barba y lo primero que le provoca es empatía. Compasión. Uno se pregunta qué habrá sido de aquel profesor. Uno intuye la cara gris, triste, que se esconde detrás de la barba. Uno le oye decir que nolequedamásremedio, que eslaúnicasalida, que aéltambiénleduele y que estáorgullosodetodosnosotros. Uno reconoce el sufrimiento compartido. Pobre señor con barba.

Pero el señor con barba ha dicho algo importante. Algo que para Uno no pasa desapercibido. En la pantalla el señor con barba reparte saludos internacionales, fotos de grupo y reuniones en los despachos donde se le ordena hacer aquello que no quiere hacer. El señor con barba se mueve tranquilo, con gestos ampulosos, pletórico, como el niño que llega a clase con los deberes hechos y se presenta voluntario para salir a la pizarra. Bajo la barba del señor con barba no hay rastro de ira o de rabia. Algo se enciende en la cabeza de Uno. Algo que, le parece, explica muchas cosas.

Uno tiene la sensación de que todos sus amigos y conocidos comparten cierta opinión: en el país de Uno, que es también el país de los amigos y conocidos de Uno, los partidos políticos de derecha deberían separarse de la Iglesia. Es lo que el país necesita, dicen, para parecer más europeo. Eso dicen. Europeo. Eso dicen. Parecer.Lo cierto es que nadie tiene muy claro a qué se debe su vinculación ni si esta beneficia a alguno de ellos.

Por la cabeza de Uno pasan imágenes de romerías, procesiones, ofrendas, la presunción del recato en la magnificencia de una boda, las mantillas de un luto lujurioso sobre los escotes. Los acuerdos con la Santa Sede, el aborto, la disolución de ciertas responsabilidades, las recepciones a las autoridades eclesiásticas en negros zapatitos de aduladores sumisos, de dispuestos guardianes de los intereses eclesiásticos, de los intereses europeos, de los intereses económicos. Los negros zapatitos se arrastran por los mármoles del Vaticano, por los mármoles de la Bolsa y por los mármoles del Bundestag. Uno escucha el mismo susurro en todos ellos.

Uno tampoco lo tiene claro. Uno solo piensa con tópicos, claro, pero eso no es muy distinto a decir que Uno solo piensa con palabras. Uno nunca está muy seguro de nada.

Pero ahora a Uno le parece que el señor con barba, igual que el resto de señores y señoras que le protegen, es un señor muy católico. Uno imagina que el señor con barba asiste a los oficios dominicales con su esposa, que espera su comunión con el resto de los feligreses y que, poco después, en un lugar solitario de su palacio de presidente del gobierno, se azota con el látigo o se mortifica con el cilicio bajo la mirada piadosa de algún santo. Uno se imagina que el señor con barba sale de lo que él llama su habitación privada, y besa a su mujer y se siente feliz, eficaz, satisfecho de su tarea y, ahora sí, orgulloso de su sufrimiento.

Uno, que ha leído solo lo famoso de la Biblia, piensa en Job. Y Uno, que ha leído a Joseph Roth con más interés que lo famoso de la Biblia -Uno sabe que siempre habrá quien le reproche esta circunstancia y desautorice cualquier opinión si es que las opiniones poseen algún tipo de autoridad-, piensa automáticamente en el Job de Joseph Roth. Y piensa, sobre todo, en la distancia que separa aquel Job original de este Mendel Singer férreo y correoso que deja su tierra, traiciona sus ideales, pierde a su mujer y a sus hijos y acaba loco y miserable. Y renegado. Y piensa que cuando, al final de su vida, Mendel Singer recupera al hijo retrasado y deforme que había intentado olvidar, hace tiempo que ha abandonado cualquier esperanza de justicia. Al contrario que a Job, piensa Uno, el último milagro no le proporciona ninguna recompensa.

Uno, que se carga de intensidad cuando habla de literatura, piensa que entre las dos versiones de Job media la desaparición de Dios. Uno es ateo. Uno no cree en ningún equilibrio o justicia divina; ni siquiera en algún tipo de compensación cósmica. Uno no cree que el dolor y el sufrimiento vayan a ser recompensados en el Más Allá. Uno, en general, piensa que el sufrimiento es una absoluta -y solemne, piensa Uno, sonriendo- gilipollez.

Y entonces, supone Uno, el señor de barba que sale en su televisión, tan irreprochablemente católico, tan solícito para aplicar las medidasquenoqueremosaplicar, tan dolorosa y empáticamente sufriente, debe ser un fiel 1.0 del capitalismo, un creyente convencido de la existencia del Dios de los mercados, que para Uno es algo así como la autorregulación del sistema o la no necesidad de intervención del estado en la economía o, por qué no, la magia. El señor de barba nos dice que, aceptando orgullosos todos los sufrimientos, seremos recompensados y que la estupenda justicia divina-liberal no nos dejará de lado. El señor con barba, claro, no puede explicar la razón por la que eso debería suceder, pero es que su convencimiento se basa en la fe, que es algo que va más allá de las palabras, igual que la locura va más allá de las palabras.

Uno no cree en Dios. No. Tampoco en el Dios de los mercados. Uno piensa que Dios nunca ha existido y que solo fue un invento del bueno de San Pedro para que Job o cualquier otro señor con barba no tuviera que soportar el sinsentido del sufrimiento. Uno se fija en el señor con barba,

“Estimo, en efecto, que los padecimientos del tiempo presente no se pueden comparar con la gloria que ha de manifestarse en nosotros” (Rm, 8, 18), podría decir el señor con barba, piensa Uno

mientras transmite al país su conversación con Elihú. Dios enseña al hombre por medio del dolor, dice. Pero a Uno no le queda clara una cosa: ¿no será por medio de su dolor, es decir, del dolor de Uno? Uno tiembla, atónito, ante un enemigo inexistente que le amenaza, ante una Iglesia que solo cumple órdenes, ante un San Pedro, fanático y bien barbado, convencido de que la salvación está en el sufrimiento de Uno.

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