Uno y la frontera

Uno llega desorientado a un edificio abovedado, portical. Un hombre se muerde la lengua con fría fruición delante de un ordenador. ¿Es aquí la frontera?, pregunta Uno.

–Oh, no, señor. Aún no. Esto es solo una aduana, el paso previo, como si dijéramos, necesario. Después está la frontera. No demasiado lejos, créame.

–¿Y es de verdad la frontera? –Uno se sorprende entusiasmado.

–Así es. Allí hay tierras ignotas, hay peligro, hay mujeres veloces, etcétera. Lo que usted quiera, señor.

–Yo estoy buscando… Una luz. Una luz, ¿sabe?, tan diáfana, tan amplia que me haga olvidarme de mí mismo.

–Oh. Conozco esa luz –responde el funcionario–. Esa luz se encuentra más allá de la frontera, sí señor. De eso no hay duda.

–Es fantástico. Realmente fantástico –dice Uno, y se queda pensando, preocupado–. Una cosa. ¿No habrá turistas?

–Solo usted, señor.

–¿Cómo? ¿Qué me ha llamado? –exclama Uno, y respira agitado con una mano en el estómago– Puf, puf, puf.

–Es el protocolo, señor. ¿Quiere pasar o no?

–Sí, sí quiero pasar. ¡Claro que quiero pasar! Para eso he venido.

–Muy bien. Tengo que hacerle unas preguntas. Tengo que comprobar que es usted una persona libre. Solo a ellas les está permitido el paso.

El funcionario revisa en su escritorio y saca unos papeles. Las personas libres son las únicas capaces de acostumbrarse a lo que hay más allá de la frontera, le dice a Uno. Imagínese que dejamos entrar a un esclavo. ¡Vea qué cantidad de problemas encontraría, cuántas incomodidades! ¿No cree que se quejaría por todo? Una vez alguien regresó porque afirmó que no podía, ¿cómo decirlo?, hacer de vientre. Que como en casa no se cagaba en ningún sitio. Nos es imposible atender todas estas cuestiones, asumir las exigencias de los esclavos, hacernos responsables. Por eso es muy importante que responda bien a tres requisitos.

–De acuerdo –dice Uno–. Yo soy libre. Sí, sí, sin duda. Yo soy libre.

–¿Lo es? ¿Diría usted que no se refugia en el azar, que se reconoce en sus decisiones? ¿Diría usted que no está atado a las veleidades del siglo, a las estructuras culturales, al relente de la sociedad?

–Tan solo a las leyes de la física.

–Ya veo. Tan solo a las leyes de la física.

Uno ve cómo el funcionario escribe en un papel. Levanta la cabeza, se relame, gotas de saliva le cuelgan del bigote gris. Lo primero, dice, algo fundamental es que sea usted capaz de comprar la libertad.

–¿La libertad se compra? –pregunta Uno, sorprendido.

–Por supuesto que se compra. Tiene diferentes precios, hay que considerar las fluctuaciones del mercado, la demanda, pero aquí no puede venir nadie con los bolsillos vacíos. ¿Por qué cree usted que existe el socialismo? ¡Pues porque los pobres no pueden ser libres! Si los pobres fueran libres todo lo demás importaría poco. Si los pobres fueran libres no existiría la moral, la compasión, la solidaridad en el Mundo de Allí Atrás. ¡Pero no lo son!

El funcionario se solivianta y bracea.

–De acuerdo, de acuerdo –dice Uno–. No se preocupe. Tengo dinero. Sí, he trabajado mucho, he ahorrado y he tenido ciertos golpes de suerte. Una herencia, sabe… Una herencia no demasiado allegada. Creo que puedo pagar la libertad que deseo.

–Muy bien –celebra el funcionario–. Me había asustado. La segunda pregunta es si se ve usted capaz de concebir la libertad. De visualizarla. Planificarla, como si dijéramos.

–¿La libertad se planifica?

–Evidentemente que se planifica. Relaciónelo con las cadenas. Debe observar por dónde se encuentra atado. ¿Qué le agobia? ¿Por qué se asfixia? ¿Lo sabe? Esta es la prueba más difícil. Es la prueba que, digamos, las ovejas no pueden superar. Las ovejas no pueden llegar a ser libres. Los perros. ¿Los perros tienen alma? Esa es una buena pregunta. ¿Se emborracha un perro si le das alcohol? Estoy convencido que todo ser que pueda emborracharse ha de tener alma y, por tanto, desear algún tipo de libertad. Pero las ovejas… Y, en fin, no creo que fuera usted capaz de distinguir una oveja, digamos, serena, de una oveja intoxicada, ebria. Entonces, contésteme, ¿puede soñar la libertad?

–Creo que sí, señor, creo que soy capaz.

–¿En qué se basa?

–Pues tengo aquí como un dolor, ¿sabe? En realidad no es un dolor. Apenas una molestia. Como si hubiera comido algo en mal estado.

–¿Ha ido al médico?

–Oh, no, señor, Uno nunca haría eso.

El funcionario vuelve a escribir. Sonríe. Ya solo le queda una pregunta, le dice a Uno, un último requisito para la libertad. Piénsela bien: ¿Es usted capaz de ejecutar la libertad?, le suelta rápidamente a Uno, como si quisiera pillarle desprevenido. ¿La llevará a cabo cueste lo que cueste? No, no diga que sí. Decir que sí es fácil. Pero la libertad se ejecuta de verdad cuando se dice que no. Cuando vienen a corromperte, cuando garras voraces, demoníacas o angélicas, da lo mismo, rebuscan en tus entrañas, en tu deseo de paz interior, y pretenden traerle de vuelta al Mundo de Allí Atrás. Entonces deberá decir “no”. Usted va a entrar ahora en un lugar muy especial, un lugar, digamos, en el que puede encontrar pureza, donde existen cosas que jamás ha visto, pero donde se le juzgará y se le ninguneará, llevándolo hacia la mezquindad, hacia la pobreza de corazón. Allí incluso la atmósfera es diferente, créame, y va a sentirse extraño, como si su madre acabara de morir y a usted no le importara. Sabe de qué le hablo, ¿no es así? ¿Recuerda a su madre? ¿Recuerda lo bien que cocinaba? ¿Recuerda cuánto le importaba a ella que usted no pasara hambre?

–Así es –dice Uno–, la recuerdo. Recuerdo sus sopas, sus guisos, la manera pausada en que rebozaba los filetes. Creo que el Mundo de Allí Atrás sería un lugar aún peor si no existieran madres así, dice Uno.

–¡Pues no lo olvide, señor! ¡No lo olvide! ¡Recuérdelo porque ya no habrá más guisos ni más sopas! ¡En el lugar donde usted quiere entrar nadie sabe hacer un guiso como su madre! Eso deberá tenerlo claro cuando vengan a ofrecerle sopas y guisos o cuando pretendan rebozarle los filetes. Deberá usted rechazar esas sopas y guisos, por muy apetitosas que le parezcan. Puede usted tener hambre, quizá el aroma le haga pensar en los cuentos que le contaban para dormir, pero debe mantenerse firme, desinteresado. De lo contrario acabaría usted en el Mundo de Allí Atrás, gordo a fuerza de guisos, emponzoñado de sopas, putrefacto. Se lo aseguro. Esas sopas son de lo más peligroso.

–Como le he dicho, tengo este dolor aquí, en el estómago –dice Uno–. Ahora mismo no me apetecen sopas ni guisos.

–De acuerdo, entonces –el funcionario levanta los brazos como si fuera a abrazar a Uno, pero parece arrepentirse y le tiende una mano carnosa y velluda, de uñas largas–. Enhorabuena. Puede pasar. Mire, mire hacia allí. Siga esa carretera y llegará a la frontera.

–¿Y está muy lejos?

–No, señor. A la vuelta de la curva.

–¿De qué curva?

–De aquella curva, quizá de la siguiente, como mucho de la próxima.

–¡Estoy tan emocionado! –dice Uno, dubitativo frente al funcionario, como si no supiera despedirse de él. Finalmente, paga la tasa que el marcador digital señala y sale de la aduana.

Uno empieza a caminar. La carretera expende un hedor a asfalto caliente y a cetáceos muertos. Uno camina durante horas. La luz le aplana, le reduce, pero no hace que el dolor se marche. Tenaz, el dolor. Camina durante días y ve ciudades, ve individuos pobres, ricos, enfermos, sanos, habla con ellos, se interesa vivamente por sus problemas durante quince minutos y, al despedirse, rechazando sopas y guisos, siente ganas de llorar. Siente que el paisaje es similar, igual de feo, pero todos le indican que la frontera está justo tras la próxima curva. Después se ríe, recordándolos, y se lleva la mano a las tripas. Era una punzada y ahora es un intruso, piensa Uno respecto a su dolor de estómago. Pasa una curva, pasa otra curva, otra curva. Descansa de vez en cuando y vuelve a ponerse en camino. Pasa otra curva. El sol no deja de pegarle en la frente y el dolor del estómago regresa. Siempre camina solo. De repente, Uno se para y empieza a vomitar. Se apoya en una pared desconchada y lo echa todo en espasmos tormentosos, en violentos movimientos de sus tripas.

Parecería que Uno de verdad ha comido algo en mal estado.